Formar parte de este proyecto ha sido una experiencia profundamente enriquecedora para todos los miembros de la redacción. Hoy nos despedimos con la satisfacción que proporciona el trabajo bien hecho, fruto de nuestra pasión por los libros juveniles, que durante estos años habéis compartido con fidelidad. Gracias y... hasta la próxima.
¡Que comience la última y tercera parte de Ludi Famis! Esta vez intentaré tratar toda aquella referencia que se nos haya quedado sin mencionar, siguiendo con los Juegos del Hambre mismos porque aún no he terminado con ellos. Ya hemos explicado tanto su funcionamiento como su inspiración mitológica, pero no la real, que reside en la figura de Espartaco y la Tercera Guerra Servil o Guerra de los Gladiadores, como la llamó Plutarco. Se trató de la última revuelta de esclavos contra la República Romana, librada entre los años 73 y 71 a. C., que, aún sin tener éxito alguno, dio quebraderos de cabeza al Senado y, aunque las consecuencias de esta guerra son difíciles de concretar, cambió algo la actitud de los romanos para con sus esclavos por el miedo que despertó en ellos, que años más tarde derivaría en el reconocimiento de ciertos derechos.
Otra inspiración posible la encontramos en la instauración de los Juegos Capitolinos por Camilo en el 387 a. C., para conmemorar que los galos no tomaran Roma aquel mismo año. En un principio se celebraban anualmente, empezaban en los Idus de octubre y duraban dieciséis días. No eran públicos y al final acabaron en desuso. Más tarde, ya en época imperial, Domiciano los recuperó en el 86 a. C., pero celebrados cada cuatro años al modo de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, a diferencia de los Juegos del Hambre, estos eran inofensivos e incluían la participación de poetas, oradores, historiadores, cómicos, magos, etc. Eran celebrados en honor a Júpiter Capitolino; a quien, por cierto, los romanos llamaban así porque su templo estaba construido en el Capitolio, una de las siete colinas de Roma, donde se encontraba el centro religioso y político de la ciudad.
Y justamente relacionada con esta divinidad está la Cornucopia o cuerno de la abundancia. Hay varias versiones del mito, aunque la más conocida es aquella que cuenta como Zeus de niño, escondido de su padre Cronos quien lo buscaba para darle muerte, arrancó un cuerno de la cabra que le daba de mamar mientras jugaba y se lo regaló a su nodriza Amaltea, una ninfa, prometiéndole que se llenaría de todos los frutos que deseara. Otra versión cuenta que otorgó estos poderes al cuerno simplemente para compensar a la cabra.
En cuanto a las infames teselas, éstas también tienen su equivalente en la antigua Roma. Proveniente del griego “tesseres”, “tesserae” (plural) era el nombre que recibían los pedacitos de cerámica, terracota o vidrio que formaban los mosaicos. Los romanos también llamaban así a los dados y Collins ha mantenido este último significado relacionado con el azar en sus libros, ya que por cada tesela que un adolescente pide su nombre entra unas cuantas veces más en la urna, a cambio de recibir aceite y cereales. Relacionado con estos últimos está el pan, muy presente a lo largo de la trilogía: Peeta es panadero, Rue y el resto del distrito 11 se dedican a la agricultura, el nombre de la nación es Panem, etc. En primer lugar, hay que señalar su importancia en Roma, donde era el alimento básico de la gente al considerarse el más nutritivo. Los romanos eran llamados por los griegos “comedores de pan” y la falta de éste se consideraba hasta un atentado contra los derechos de los ciudadanos. Obviamente había muchos tipos y según la clase social se consumía uno u otro: por ejemplo, a lo largo de la historia el trigo siempre ha quedado reservado para las élites, mientras que la cebada se destinaba para los esclavos. El centeno es el otro cereal que siempre se ha dejado para las clases bajas. El pan que se elabora con estos dos últimos granos suele ser más oscuro que aquel hecho de trigo, y así es como describe Katniss el trozo que el distrito 11 envía a Rue.
Siguiendo con este tema, del que ya he dicho que da para mucho, he de destacar que la importancia que los romanos daban a los granos era tal que hasta los consideraban vivos, de manera que sólo se molían el mismo día en que se hiciera el pan. También tenían su importancia religiosa y el pan era el protagonista del tipo de boda romana más antiguo y sagrado: la confarreatio. Durante la ceremonia el novio y la novia compartían una torta de espelta o panis farreus. Los fans más acérrimos se darán cuenta de que se asemeja mucho a como describe Katniss las bodas de su distrito.
Y ya para terminar con este tema está Panem, el nombre de la nación, que significa literalmente “pan” y viene de la locución latina “panem et circenses”, pan y circo. Los dos asuntos de los que más he hablado en esta sección que ya está llegando a su fin. Antes de acabar, sin embargo, me parece necesario mencionar de pasada las grandes semejanzas entre la Roma imperial y el Capitolio, algo que la mayoría de los lectores habrán captado por ser el período de la ciudad más representado en la cultura popular. Los juegos de gladiadores, los excesos en cuanto a comida y bebida, la costumbre de vomitar para poder engullir más, las fiestas casi orgiásticas, las absurdas modas de la élite romana, etcétera, etcétera. Son cuestiones más que conocidas por todos sobre las que no me he querido detener en detalle por esa misma razón. En su lugar he preferido dedicarme a otras que podrían haber pasado más desapercibidas por los lectores.
Para acabar, una pequeña reflexión: si la sociedad del Capitolio es un reflejo de la decadencia de la Roma imperial, ¿no se podría considerar a la gente de los distritos como los romanos primitivos, de costumbres más sencillas y humildes?
La vida no es de color rosa ni el mundo en el que vivimos puede alardear de ser pacífico y perfecto. La vida se construye a partir de momentos buenos y momentos malos, momentos especiales y momentos traumáticos. Las experiencias personales son las que van curtiendo a las personas y el entorno que nos rodea nos hace ser quienes somos.
Con respecto a la literatura juvenil, ¿qué nos cuentan estos libros que tanto nos gusta leer acerca del mundo que nos rodea? ¿Quién se atreve a retratarnos un mundo cruel ajustado a la realidad? ¿Qué libros nos muestran nuestro día a día sin teñirlo de colores pasteles? Los hay, por supuesto que sí, y hoy quiero aprovechar este artículo para demostrarlo; para ello me serviré de una escritora inglesa nacida en el 82, una mujer que tiene dos libros editados en España y que ya está trabajando en su tercera obra. Su nombre es Annabel Pitcher y de ella podemos leer Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea (2011) y Nubes de kétchup (2013).
Pitcher ha aprovechado sus dos libros para retratarnos la sociedad tal y como nos la encontramos tras el umbral de la puerta de nuestra casa. Una sociedad buena, pero en la que también hay gente mala y suceden desgracias, en la que las personas tienen que sufrir por salir adelante, en la que no todo el mundo es feliz con un beso.
En Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, nos presenta a un niño, Jamie, que ha perdido a su hermana en un atentado terrorista. Él era muy pequeño y no puede recordar bien a Rose, pero sí convive con gente que no ha podido superar la muerte de la chica: Jas, su otra hermana, gemela de Rose, y sus padres. Terrorismo, alcoholismo, abandono de los padres, acoso escolar, racismo; todos ellos se dan la mano para narrar una historia valiente, potente, con garra.
Nubes de kétchup, la novela más reciente de la autora, no se queda atrás en lo que a drama se refiere. En ella, Zoe escribe cartas a un presidiario que está en el corredor de la muerte para contarle un secreto que ha sido incapaz de confesar a nadie: ha matado a su novio, a una persona de la que se suponía enamorada. Aunque en este caso los problemas son más propios de adolescentes, Pitcher también sabe cómo darles vida y hacer que lleguen al lector: inseguridades, asesinatos, traición, malas decisiones, accidentes. La historia de Zoe, unida a la de Stuart Harris, el presidiario, nos muestra cómo un pequeño desliz, un simple acontecimiento que dura tan solo unos minutos, puede cambiarnos la vida para siempre y hacernos eternamente infelices.
Annabel Pitcher es la maga de los dramas disfrazados, como yo los llamo: sus historias son tristes, crueles, difíciles, pero están empañadas de optimismo y humor. Pitcher sabe narrar un suceso sin caer en dramatismo y, además, lo hace ciñéndose a la realidad, a los acontecimientos que nos rodean, a lo que estamos ya hartos de escuchar en los televisores. La misma escritora afirma que es importante que los jóvenes sepan en qué mundo viven, cómo es la sociedad que los rodea, para poder actuar conforme a ello.
Esta es la vida: no es fácil, no es un camino de rosas, pero tenemos que aceptarla y vivirla. Annabel Pitcher lo dice en sus novelas, pero el día a día nos lo corrobora.
Por Natalia Navarro
Tengo 23 años, he terminado una carrera universitaria y, a día de hoy, todavía conservo la esperanza de recibir mi carta de admisión a la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería. Durante algún tiempo pensé que se había extraviado por culpa de alguna lechuza despistada. Unos años más tarde comprendí que seguramente nunca llegaría, que Hogwarts, tal y como sospechaba, no existía, y que tendría que conformarme con mi vida de muggle. Menudo chasco, ¡ese mundo era tan maravilloso! Podías pasearte por el Callejón Diagon, sobrevolar un lago a lomos de un hipogrifo, tener gnomos en el jardín... Y es que aunque todos sepamos que nada de eso es real, en el fondo de nuestro corazón deseamos lo contrario.
Hasta la fecha se han publicado muchísimas historias de temática fantástica, pero la saga de Harry Potter ha sido una de las que más han triunfado en todo el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué un libro en teoría destinado a un público infantil ha tenido un éxito internacional tan abrumador? Pues porque J.K.Rowling fue capaz de crear en su imaginación un mundo en el que a todos nos encantaría vivir, en el que todo fuera diferente. Estamos cansados de cursar Matemáticas cuando preferiríamos aprender a convertir una rata en un cáliz.
Sin embargo, inventar otra realidad no es suficiente para enamorar al lector; hace falta añadir esa naturalidad típica de Rowling para darlo a conocer. Porque oye, a mí me parecía de lo más normal que un perro enorme de tres cabezas fuera el guardián de una trampilla, sólo llegué a preguntarme cómo carajo lo habían metido allí, pero pronto lo dejé correr, "son magos, pueden hacer cualquier cosa". Hay muchos escritores de fantasía, muchos mundos que en la cabeza del escritor son maravillosos, pero pocos consiguen que el lector se implique tanto (porque hay muchos que consiguen que te impliques, a secas) en la historia y se vea a sí mismo dentro de la trama y viviendo en esas tierras. No necesita conocer todos los detalles de una escena, porque su propia imaginación acabará de perfilar lo que no está escrito, y esa es la verdadera magia de estas novelas: hacer que lo fantástico pueda ser lo cotidiano.
Cada rincón del mundo que rodea a Harry Potter es nuestro, lectores, porque forma parte de nuestros corazones. Yo nunca me daré por vencida y seguiré esperando mi carta de admisión en Hogwarts, ¿y vosotros?
La novela juvenil romántica suele cortarse siempre, o casi siempre, por el mismo patrón. Dos modelos universales son los que han hecho las delicias de muchos y muy variados autores que han querido adentrarse en el universo de este género en particular: el caso de los amantes trágicos (Romeo y Julieta) y el caso del chico malo que se enamora de la chica buena (Grease).
Es menos común este primer caso en el que el autor decide basarse en un modelo trágico de amor juvenil. No obstante, es bueno tener contentos a los lectores de lágrima fácil que quieren, piden y luchan por novelas juveniles en las que el amor supere las fronteras de la muerte. También podrían entrar en este saco esos autores que intentan con fervor hacer creer al lector que sus protagonistas han muerto de un modo heroico para salvar a su amada. ¿Qué me decís del primer libro de la saga Delirium? ¿Y de Marca de nacimiento? Son ejemplos con protagonistas masculinos que son capaces de darlo todo por la chica a la que aman, protagonistas que no dudan en lanzarse al abismo por salvar a sus damiselas en apuros. En este mismo sentido, no podemos olvidarnos de los libros en los que, aunque no sea de un modo heroico, nos quedamos sin uno de los dos miembros que conforman una relación de pareja. Son libros trágicos, que arrancan las lágrimas más amargas de los lectores, pero que, al mismo tiempo, gustan y hacen sentir.
El segundo caso es, quizás, el más utilizado en la literatura juvenil romántica: el caso del chico caradura (o, en su defecto, superficial, desagradable, impertinente) que se enamora de la chica inocente. Títulos de este tipo los hay a puñados: Hush, hush, Besos de murciélago, Obsidian, Rubí, y un largo etcétera. Pero aquí me quiero detener y hablar, en particular, de una señora que siempre ha seguido este segundo patrón de “chico malo se enamora de chica buena”. Ella es Simone Elkeles, autora de dos series que se han editado ya en España: Química perfecta y Paradise. En todos y cada uno de los libros de estas series, Elkeles coge una coctelera, echa un chico malo, añade una chica buena e inocente, unas pizcas de sal y pimienta, remueve y voilà, sale un romance más que aceptable. En particular, en su serie Paradise, la chica se enamora de un chico que la atropelló y la dejó tirada en la carretera, un chico que no se paró a socorrerla, que prefirió salir corriendo, muerto de miedo. Caleb pasa cerca de un año en un correccional por ello, pero cuando sale y se encuentra con Maggie surge el amor. ¿Cómo dos personas tan distintas y que han pasado por una situación tan traumática pueden enamorarse? Pues sí, Simone Elkeles es capaz de eso y de mucho más, porque en la segunda parte, Retorno a Paradise, publicada hace muy poco, la autora todavía riza más el rizo, y hace que los personajes se reencuentren y tengan que luchar por poner fin a los fantasmas del accidente, superar sus traumas e intentar que una relación entre ambos tenga sentido. Esta segunda parte no tiene el gancho de la primera, no está tan elaborada y no tiene ese sentimiento que irradiaba Paradise. No obstante, Elkeles también es experta en forzar continuaciones, y supongo que no quedó satisfecha con el final de la historia de Maggie y Caleb en el primer libro; por ello nos ha regalado una segunda parte innecesaria, que empaña la historia y te borra todas esas sonrisas que te generó la primera.
Si lo pensamos bien, existen muchos otros modelos de romance en las novelas de corte juvenil, pero muchos de ellos incluyen, de un modo u otro, alguno de estos dos ingredientes mencionados. ¿Tragedia?¿Chicos malos? ¿Con cuál os quedáis vosotros?
Por Natalia Navarro
Si el mes pasado me explayé explicando la parte mitológica de los Juegos del Hambre, esta vez nos trasladaremos a Hesperia para hablar de la otra gran inspiración de Suzanne Collins: los juegos de gladiadores de la antigua Roma. Sus orígenes se encuentran en Etruria, y en principio se realizaban para honrar a ciudadanos ilustres o guerreros fallecidos. Los romanos primigenios las asimilaron y el primer combate entre gladiadores del que se tiene constancia se realizó en el siglo III a.C. en el Foro, por tres parejas de combatientes. Generó tal admiración entre el público que el Senado los tuvo que incorporar dentro de los espectáculos públicos.
El gladiador medio era un esclavo, un prisionero de guerra, o simplemente un condenado a muerte, y en algunos casos podían ser atrevidos (o locos) que se metían al oficio en busca de fama y fortuna. Ah, y que no se me olvide, también se han encontrado pruebas de que las mujeres también tuvieron su presencia en la arena. Las similitudes ya se van viendo: si bien los habitantes de los distritos más pobres no son esclavos o prisioneros de guerra o condenados a muerte de palabra, sí que lo son de hecho, pues viven a merced del Capitolio, sufren en sus carnes las consecuencias de ser los perdedores de una guerra que ocurrió hace 76 años y los que salen como tributos están condenados a una muerte casi segura. Luego tenemos a los profesionales que vienen de sectores más cercanos al Capitolio, que se presentan voluntarios en busca de fama y fortuna tras haberse entrenado durante toda su vida para este evento.
En la antigua Roma también había escuelas de gladiadores, obviamente, y su funcionamiento nos recordará mucho al período de preparación que los tributos deben pasar antes de entrar en la arena. A su cargo estaban los lanistae, que se ocupaban de que los gladiadores que estaban a su cargo estuviesen bien cuidados y alimentados. La dieta que seguían era vegetariana y bastante monótona, consistente sobre todo en grandes cantidades de cebada y alubias con el fin de que desarrollaran una buena capa de grasa que los protegiera de cortes y golpes. También comían fruta seca y ceniza, porque se pensaba que esta última los fortalecía. Además, tenían doctores que cuidaban de sus heridas y de los que recibían hasta masajes para que pudiesen aguantar el duro entrenamiento diario (en el que empleaban espadas de madera para que no hubiera heridas graves).
En general, no se puede decir que los gladiadores vivieran mal, aunque la principal razón de que fueran atendidos tan bien era el dinero, pues el lanista era ante todo un empresario. También tenían la opción de comprar su propia libertad, una ventaja de la que que no gozan los tributos de Collins. Éstos, al igual, entrenan durante un tiempo (dos semanas, a no ser que se trate de un profesional que lleva toda su vida preparándose para este momento), tienen la oportunidad de engordar durante ese mismo período y disponen de un grupo médico que se encargará de que estén sanos (y guapos) para la arena y las entrevistas previas. Además, tienen a su disposición un mentor que los guíe en todo lo referente a los Juegos, que en este caso se tratará de un viejo ganador de su distrito.
Cabe aclarar, sin embargo, que la mortalidad de los gladiadores no era tan alta como se pudiera esperar, puesto que como ya hemos dicho, el lanista era más que nada un empresario que invertía en estos combatientes tiempo y dinero que no le gustaría echar a perder. Así que en muchos casos se les perdonaba la vida y cuando se les mataba en la arena era más que nada para paliar su sufrimiento en el caso de que las heridas fuesen muy graves. Durante la época de Augusto lo normal era que los combates no acabasen en muerte, aunque tal final había sido lo común durante los primeros años de los juegos, en siglos anteriores. Por lo que incluso en este respecto los gladiadores tienen más suerte que los tributos.
Por otra parte, el público de los Juegos del Hambre juega un papel tan grande como aquel de las luchas de gladiadores, cuya supervivencia, en el caso de que el combate fuera a vida o muerte, muchas veces dependía del favor de los asistentes. Como podemos ver, en los Juegos es imperativo que Katniss se gane el favor de los telespectadores y, así también, de los patrocinadores si quiere conseguir medicina o alguna otra ayuda que aumente sus posibilidades de sobrevivir.
Más elementos que Suzanne Collins ha tomado como inspiración para sus Juegos de Hambre son las inundaciones que a veces provoca el Capitolio (tomadas de las naumaquías o combates navales que se celebraban en el anfiteatro), el uso de los mutos o el desfile con el que los tributos llegan al Capitolio, muy posiblemente haciendo referencia a la pompa con la que los gladiadores entraban a la arena y saludaban al público. Además, y para que no se me olvide, hay muchos tipos de gladiadores, y Finnick es una referencia clara a uno de ellos: el reciario. Estos iban equipados sólo de una red, un puñal y un tridente, a la manera de un pescador cualquiera. También estaba el sagittarius, que como su nombre indica, era un arquero.
Pero las referencias no se quedan ahí y el próximo mes hablaré de unas pocas más pertenecientes a los Juegos mismos y otras al mundo de Collins en general que seguramente se le hayan escapado a muchos lectores no tan familiarizados con el mundo clásico.
Se oyen golpes en la puerta, es la Gestapo. Anna Frank, su familia y amigos han sido denunciados y los nazis vienen a por ellos. Irrumpen y arrasan con todo, pero no prestan importancia a unas cuantas hojas de papel. En ellas se encuentra el testimonio personal de Anna sobre los dos años de escondite de su familia y varios de sus amigos; la experiencia de ocho personas que vivían, temían, lloraban y amaban juntas en un espacio de unos cuarenta y cinco metros cuadrados. El 12 de junio de 1942 la protagonista de esta historia había recibido por su cumpleaños un regalo muy propio para una adolescente: un diario. Este libro en blanco sería uno de sus principales apoyos desde que un mes después hubiera de refugiarse junto a sus padres y su hermana en la parte trasera del edificio sede de la empresa de su padre. Más adelante se les unirían los Van Daan y Albert Dussel, amigos de la familia.
En este escondite Anna solo podía contar con su hermana como confidente, pero no tenía una relación demasiado buena con ella. Esto le lleva a dirigirse a su diario, y a lo largo de las casi trescientas páginas de que se compone la edición española vemos no solo cómo madura sino también cómo perfecciona su manera de escribir. En las cartas imaginarias de las que se compone el diario, Anna le cuenta a una tal Kitty cosas como lo histéricos que son los Van Daan, sus sentimientos hacia Peter, el hijo adolescente de estos, o las frecuentes discusiones que tiene con su madre y su hermana. Pero lo que escribe refleja sobre todo la enorme esperanza que Anna deposita en la humanidad, en que su situación se resuelva y llegue a existir un mundo donde la guerra no sea lo habitual ni se discrimine a los demás en función de su religión. No es más que una adolescente sin WhatsApp, Internet o incluso teléfono, pero con las mismas preocupaciones que cualquier persona de su edad, dadas sus circunstancias. Estas no son más que algunas de las muchas razones por las que sus palabras siempre estarán vigentes.
Para los curiosos, sabed que después de que los soldados se llevaran el 4 de agosto de 1944 a los habitantes de la “casa de atrás”, Miep Gies, antigua secretaria de Otto Frank, recogió el diario y lo guardó celosamente. Una vez acabada la guerra, se lo entregó a su antiguo jefe, el único superviviente de la familia, pues Anna y su hermana habían muerto en el campo de Bergen-Belsen en marzo de 1945, tan solo un mes antes de que los aliados lo liberaran. En 1947 se publicaba la primera edición del diario y El diario de Anna Frank se convertía en la voz de los que no sobrevivieron a la guerra.
Por Héctor F. Sánchez
Tal vez estoy predicando en el desierto. Quiero decir que si estás leyendo esto, si eres lector o lectora habitual u ocasional de esta publicación, es porque te gustan los libros. Lo cual no quita que, si eres adolescente, sobre todo si tu edad ronda los quince años, es uno de los momentos más importantes de tu vida para leer.
¿Y por qué es tan importante esta edad para coger un libro y perderse entre sus páginas? Primero, se trata de una cuestión práctica. El mundo editorial, varias encuestas y estudios apuntan a que estás en la edad en la que más vas a leer en tu vida. La razón, triste pero real, es que más adelante no tendrás tiempo. La vida se meterá por medio. Vayas o no vayas a la universidad, estudies o no estudies una carrera o un curso de formación profesional, te dediques directamente a trabajar o no, es probable que te independices, que abandones el hogar en el que te criaste y que todo se te eche encima de repente. Tu tiempo libre será muy escaso y muy valioso; tendrás que dedicarlo a cosas tan emocionantes como hacer la declaración de la renta, fregar el cuarto de baño o comparar precios en el supermercado. Y hasta hace unos años ni siquiera habría lectura para interesarte, durante un tiempo estarías perdido en ese vacío literario que son los 18-25 años, en los que no encontrarías literatura específicamente dirigida hacia tu edad, con características propias tanto de la literatura juvenil como de la adulta. Por fortuna, eso empieza a resolverse con la New Adult Fiction estadounidense y con algunos escritores españoles que empiezan a darse cuenta de que sus lectores adolescentes han crecido y que sus necesidades, por tanto, han ido cambiando. Pero pierdo el hilo. Estábamos hablando de como esta es la edad en la que más vas a leer en tu vida. Por supuesto que el que quiere leer, tenga la edad que tenga, encontrará un momento para hacerlo (con un audiolibro mientras conduce, con un libro físico entre las manos diez minutos antes de quedarse dormido por la noche), pero es ahora cuando tienes el tiempo, la motivación y, sobre todo, la intensidad. Los libros que más nos impactan son los que leemos con quince años. Son aquellos que nos forman, los que nos construyen como personas.
Esa podría ser la razón más importante, pero no es la única, ni mucho menos. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) ha analizado en repetidas ocasiones el número de adolescentes lectores por país y los efectos de este hábito a largo plazo. Tanto esta organización como otras asociaciones similares han concluido que el leer por placer a esta edad tiene toda una serie de consecuencias positivas: los jóvenes que leen por propia motivación (no por obligación) suelen acabar por tener mejores trabajos y un estatus social y económico más elevado que los que no han leído cuando eran adolescentes, independientemente del estatus social y económico en el que se criaron; por otro lado, cada vez hay más interés en la relación entre lectura y salud mental, ya que esta actividad tiene resultados muy positivos en pacientes con depresión, ansiedad y aislamiento social. Por no hablar del espectacular efecto que tiene la lectura en nuestro cerebro, llegando a formar conexiones y caminos neuronales que solo se asocian con este acto, o de las habilidades sociales que desarrollamos al interactuar con patrones narrativos y personajes potentes.
En resumen, y citando a la Asociación Internacional de Lectura: «Los adolescentes que entren en el mundo adulto en el siglo XXI leerán y escribirán más que en cualquier otro momento de la historia del ser humano. Necesitarán niveles avanzados de alfabetización para realizar su trabajo, llevar sus casas, actuar como ciudadanos y llevar adelante sus vidas personales. Necesitarán de esta alfabetización para lidiar con la ola de información con la que se encontrarán miren donde miren. Necesitarán de esta alfabetización para alimentar su imaginación, para poder crear el mundo del futuro. En un mundo complejo y a veces peligroso, su habilidad para leer puede ser crucial».
Todo lo que leáis hoy es una inversión para mañana. Leed, leed, leed sin descanso. Leed con gusto, con rabia, con apego. Vuestro futuro (y el futuro de todos) os lo agradecerá.
Últimamente estoy viendo y leyendo demasiados libros a los que denomino “para no lectores”. Libros fáciles, intrascendentes, que no van más allá, que no arriesgan, que están sentenciados antes de nacer por ser escritos única y exclusivamente para ser leídos. Libros estereotipados hasta decir basta, que no retan, que no aportan pero que sin embargo triunfan.
Seguramente ha acudido veloz hasta vuestra mente algún que otro título, o varios. Yo no voy a dar nombres, ni títulos, ni nada; no hace falta, todo cae por su propio peso. Hace más de cien años, Barrie ideaba un personaje que removería los cimientos de todo Londres; Verne se anticipaba a la historia casi deseoso de escribirla él mismo; Lewis Carrol paseaba por el Támesis y contaba historias a dos pequeñas niñas para matar el tiempo mientras sembraba las semillas de las que brotaría un conejo blanco, un sombrerero y una reina de corazones; Dickens escribía con pasión intentando cambiar algo, lo que fuera; Jonathan Swift publicaba un libro que permanecería en la memoria de muchos más de doscientos años después. Todos ellos y otros tantos dejaron un legado, unos ideales, pensamientos y actitudes, removieron entrañas y tocaron corazones, dibujaron sonrisas y dispersaron lágrimas. Se convirtieron en inmortales, dejaron una huella imperceptible, pero permanente, en la vastedad del mundo que hará que sus nombres nunca caigan en el vacío del olvido. Libros atemporales.
En la actualidad se están gestando nuevos clásicos de la literatura juvenil que engrosarán con el tiempo la lista de imprescindibles. Y si nos paramos a pensar quién lo puede merecer realmente, pocos nombres acuden. Se ha perdido la esencia de la buena literatura, la que se escribe para uno mismo y para tocar a alguien. Está todo el mercado saturado de libros insustanciales que son escritos para vender y fin. Libros que están cortados por un mismo patrón, de historias que se repiten, que no brillan, con protagonistas que son meras carcasas vacías. Y es que echo en falta las caricias de las palabras no dichas, el que me pongan a prueba y me mantengan atenta a cada palabra; añoro giros imposibles, narraciones impecables llenas de una magia poderosa que haga vibrar y acune. Cada vez que sé de una nueva publicación, mis pupilas se dilatan, el vello se me eriza y leo la sinopsis esperando algo nuevo o usado, me da igual, pero que me diga algo, que haga que tenga argumentos para cuando alguien me pregunte por qué leo juvenil. En la mayoría de las ocasiones me decepcionan y me rompen el corazón.
Odio tantísimo las modas que se han apoderado de la literatura que me dan ganas de gritar. Primero fueron los vampiros, después cualquier ser inmortal que tuviera buena planta, más tarde culebrones hechos papel, y ahora nos invade el New Adult, que es una forma molona e inglesa de decir “porno para adolescentes”. ¡Ay, si Barrie levantara la cabeza, la de collejas que iba a repartir! Quizá es que elijo tremendamente mal mis lecturas, que también puede ser. Pero, ¿no os da la sensación de estar leyendo una y otra vez lo mismo? ¿No os cansa?
Cuando leo algo que toca, que va más allá, que recupera la esencia que creía perdida de la juvenil, me entran hasta ganas de llorar, y no debería ser así. Sé, también, que estoy generalizando y no debería hacerlo: hay grandes joyas que quizá pierden protagonismo a causa de las otras, esas de plástico.
Me encanta que estas obras atrapen a nuevos futuros lectores, que gente que nunca ha leído nada se atreva con ellas (que, para empezar, está bien -no le pidamos peras al olmo-), pero espero y deseo que no se queden solo con las de “para no lectores”, que vayan más allá, que les pique el gusanillo de la lectura y busquen y encuentren libros con esencia, con algo que decir, de esos que se llevan consigo un pedacito de ti y tú un pedacito de ellos.
Por Merche Murillo
Mañana es uno de esos días que quizá lleves marcado en el calendario. Yo lo apunto en mi agenda desde hace años, no porque sea el más importante del mundo (sin duda, hay muchas y muy variadas fechas dignas de recordar), sino porque es uno de los que más disfruto.
Si estás leyendo esto es que eres una persona joven; si estás leyendo esto es que aún abres los libros con ilusión, con amor, con ganas de aprender; si estás leyendo esto es porque sabes que aún te quedan muchas páginas que llevarte a los ojos, muchas palabras que leer, muchas lecturas que disfrutar. Y precisamente por eso escribo esta carta.
Seguramente en tu colegio o tu instituto algún profesor ha organizado un evento con motivo del Día del Libro. Si has tenido suerte, quizá los cinco días lectivos se dediquen a una especie de "Semana Cultural" que toque varios palos, todos ellos interesantes. Si no es así, me juego el pergamino que lleva mi peluche de Hedwig en el pico a que el profesor de Lengua y Literatura os prepara algo en clase. Y si nos ponemos en lo peor, siempre (siempre, siempre) te quedan las bibliotecas. Sea como sea, tanto si son actividades vistosas como si son más pequeñas, escucha esto: tu misión mañana es PARTICIPAR.
Son varias las razones por las que celebramos el Día del Libro (Cervantes, Shakespeare, San Jorge...) pero, a mi entender, la mejor de todas es que abrir un libro es abrir la mente y abrirse a la cultura, es la garantía de que poco a poco vamos pensando solos, vamos formando nuestros juicios, vamos creciendo y aprendiendo. Por eso, si mañana asistes a una charla, un encuentro con un autor, una lectura conjunta, un recital de poesía… o a lo que se tercie, tú, que eres lector, que eres joven, tienes mucho que hacer. Escucha, aprende, estrena tu cuaderno de notas, aplaude, apunta futuras lecturas, comparte tus impresiones sobre lo que has leído, pregunta si tienes ocasión, deja que te recomienden un libro, busca ese ejemplar que quieres regalarte, siente que formas parte de algo muy grande, vuelve a casa con los ojos como platos, y no te extrañes si te da vueltas la cabeza, es normal tras disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece una librería.
Nosotros, los jóvenes, somos el presente y el futuro de un movimiento que comenzó hace siglos, cuando abrir un libro o conocer una historia aún era un privilegio. Ahora que leer es un derecho, también es nuestro deber ser partícipes de todo lo que representa un libro, para nosotros y para los demás.
Participa, y cuando lo hayas hecho ven a este rincón a contarnos en qué ha consistido tu Día del Libro.
Que Suzanne Collins ha incluido muchas referencias clásicas en la trilogía Los Juegos del Hambre no supone ningún misterio. Seguro que muchos sabéis que los Juegos en sí son una mezcla del mito del laberinto del Minotauro de la Antigua Grecia con los juegos de gladiadores de Roma, y sin embargo es muy posible que no conozcáis todos los detalles a fondo. Y es que las referencias grecolatinas que encontramos en esta trilogía son muchas y no acaban ahí. Servidora se encargará en una serie de artículos de desvelarlas para vuestro (y el mío también) deleite.
En esta primera parte (porque el tema es extenso y da para mucho), empezaremos con el lado mitológico: el mito del laberinto del Minotauro. En esta historia la ciudad de Atenas debía enviar anualmente (aunque algunas versiones dicen que era cada tres o nueve años) siete jóvenes y otras tantas doncellas como un sacrificio que el rey Minos impuso a la polis cuando esta perdió, a causa de una peste, la guerra que la isla le declaró después de que Androgeo, el hijo del rey, muriera a cuernos del toro de Maratón. El joven, atleta sobresaliente, había llegado a Atenas para participar en unos juegos donde venció a todos sus competidores y Egeo, rey de la ciudad, se vengó haciéndolo luchar contra la bestia. Los atenienses, desesperados ante una peste que no acababa, consultaron al oráculo, cuya respuesta fue que se comprometieran a hacer lo que Minos les pidiera. Al igual, en la novela de Collins cada distrito debe enviar al Capitolio dos adolescentes de distinto sexo elegidos al azar como tributos, que pelearán a muerte en una arena hasta que sólo uno quede vivo.
En cuanto al Minotauro y su laberinto, este monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que en realidad se llamaba Asterio, o Asterión, era hijo de Pasífae, esposa de Minos, y de un toro enviado por Poseidón. Minos, horrorizado, mandó al artista ateniense Dédalo construir un inmenso palacio formado de múltiples salas y corredores de tal manera que nadie pudiese encontrar la salida. Allí fue donde encerró al Minotauro.
Sin embargo, Atenas pronto reaccionó y al tercer año de enviar tributos mandó al héroe Teseo, hijo de Poseidón (aunque otras versiones dicen que su padre era el rey Egeo). Cuando llegó al palacio, Ariadna, hija de Minos, se enamoró de él a primera vista y para ayudarlo a no perderse en el laberinto le dio un ovillo de oro, con la condición de que al salir se casara con ella y la sacara de la isla. Una vez allí Teseo cumplió con lo que todos esperaban y mató al Minotauro a base de puñetazos, se casó con Ariadna y huyó con ella de Creta. A pesar de todo, la abandonó poco después en la isla de Naxos.
Explicado el mito, pasemos a examinar las similitudes: por una parte, en la novela de Collins cada distrito debe enviar al Capitolio como castigo dos adolescentes de distinto sexo elegidos al azar como tributos, que pelearán a muerte hasta que solo uno quede vivo; por otra parte, el laberinto y la intricada arena donde se celebran los Juegos bien se parecen en su función, y por último, todo el distrito 12 tiene sus esperanzas puestas en Katniss, al igual que Atenas en Teseo. Además, los tributos atenienses debían entrar al laberinto sin armas, razón por la que el héroe griego acaba con el Minotauro a puñetazos; al igual, en la matanza de Collins los 24 jóvenes no pueden ir armados al comienzo. Por otra parte, quizás en los mutos que atacan a Katniss y a Peeta al final se podría ver, ¿por qué no?, una referencia al hijo de Pasífae.
Pero las referencias clásicas no acaban ahí, y puedo adelantaros que en el próximo artículo nos trasladaremos a Roma.
Un desierto, un aviador, una avería. Un niño. ¿Un sombrero, o un elefante dentro de una serpiente? Una flor única en el universo entero.
¿De qué estoy hablando?
Se cumplen hoy setenta años de la publicación de El Principito, la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry, y no podíamos quedarnos en El Tiramilla sin celebrar tan señalada fecha. Y es que es ésta una de esas obras que no se olvidan jamás, que ha traspasado las barreras de lo infantil o juvenil, convirtiéndose en un clásico imprescindible para todo lector. Sus personajes, ambientaciones y frases son unos verdaderos iconos de la literatura.
¿Qué hace un niño elegantemente vestido en medio del desierto? ¿De dónde viene? ¿Cómo ha llegado aquí?
Misterio, carisma y encanto es lo que derrocha este relato del aviador francés, en el que, a través de las más ingeniosas metáforas y presentándonos una colección de personajes tremendamente variopintos, se nos hace reflexionar sobre aspectos tan humanos como el amor o el sentido de la vida. Son diversas las interpretaciones que pueden hacerse de cada uno de los pasajes de la historia, así que no me entretendré en analizarlas: lo mejor es que cojas el libro y lo descubras por ti mismo (si es que no lo has hecho ya). Te aseguro que no podrás dejarlo hasta llegar a la última página.
La imagen del Principito cuidando a su flor en el asteroide B 612, o frases como “lo esencial es invisible a los ojos” han entrado a formar parte de la cultura popular de todo el mundo.
¿Quién iba a decir a Saint-Exupéry, mientras pilotaba el avión en el que conocería la muerte sólo un año después de la publicación, que había escrito una de esas obras inmortales que, muchas décadas más tarde, seguiría editándose y vendiéndose como churros? ¿Cómo podía él imaginar que las sencillas ilustraciones que realizó para acompañar su texto iban a plasmarse en camisetas, puzzles o incluso bolsos?
Seguro que tampoco imaginó la cantidad de series de televisión y películas que se harían a partir de su obra. Me viene a la cabeza la versión musical de 1974 protagonizada por Richard Kiley, Gene Wilder y el pequeño Steven Warner. A pesar de haber sustituido a algunos de los personajes y localizaciones originales, no pierde la esencia del libro y nos ofrece unas canciones realmente divertidas con una puesta en escena encantadora, acorde a los medios de la época. ¡Y esta es solo una de tantas adaptaciones de este libro!
En definitiva, una auténtica joya que nació hace hoy setenta años. Sólo me queda decir: ¡feliz aniversario, Principito!
Por T. C. Ferri
Desde siempre se ha considerado la lectura como una fuente de conocimiento. Cuando éramos pequeños, nuestros padres nos decían: “tienes que leer para así aprender a escribir y a expresarte”. Conforme crecíamos, íbamos descubriendo que, además, los libros nos enseñaban vocabulario. Posteriormente, también nosotros diríamos esas palabras a nuestros pequeños, porque, efectivamente, para aprender una lengua hay que leer mucho. Esto no solo funciona con el castellano, también con las lenguas extranjeras, o, ¿qué estudiante no ha escuchado de su profesor de inglés que tiene que leer mucho en esa lengua? Estamos todos de acuerdo, entonces, en que la lectura ha sido, es y será una fuente de aprendizaje para todos. Entonces, ¿por qué las editoriales y también los autores no miman sus novelas lo suficiente?
Los que amamos la lectura estamos acostumbrados a leer muchos libros: de diferentes autores, en distintas lenguas, de diversas editoriales, de temáticas variadas. Un día podemos encontrar una novela con una trama argumental maravillosa, pero con faltas de ortografía en cada una de sus páginas, con errores garrafales de estilo. Otro día, puede llegar a nuestras manos otra cuya historia no destaque demasiado, pero con una edición impecable, libre de erratas y fallos. ¿Cuál de las dos es mejor?, nos podríamos preguntar. Y lo que yo me cuestiono es: ¿por qué, por qué y por qué?, ¿por qué la figura del corrector brilla por su ausencia en tantas y tantas novelas?, ¿por qué las editoriales no se lo curran al máximo para sacar al mercado un libro impecable? Y otro de los mayores interrogantes: ¿por qué hay autores que escriben tan horrorosamente mal? Somos humanos y todos podemos meter la pata, pero siempre se ha exigido que el escritor escriba bien, y hoy nos conformamos con que tenga una buena idea que contar. Si una editorial premia el segundo factor, que se encargue del primero contratando a un buen corrector que revise la historia, ¿no?
Últimamente me encuentro con errores de todo en tipo en las novelas que leo, y no solo en las juveniles. Desde erratas que se pasan por alto al no examinar con mimo y detalle un manuscrito, hasta errores de puntuación, ortografía y estilo que hacen que el lector se lleve las manos a la cabeza. En cuanto a la puntuación, el error más frecuente es el relacionado con las comas, esos puntitos alargados que nos hacen enloquecer a veces, esos signos tan subjetivos que cada uno coloca donde mejor le suena. Ausencia de comas, exceso, comas mal puestas, comas horrorosamente mal puestas, comas que no te puedes explicar cómo están ahí colocadas (he llegado a ver comas entre un verbo y su complemento al más puro estilo: María come, canelones). Con referencia a la ortografía, los fallos más gordos y que a mí más me molestan son los siguientes: infinitivos en lugar de imperativos (se dice “seguid”, no “seguir”); queísmos al tratar de evitar ser dequeísta (se dice “estoy segura de que es normal”, no “estoy segura que es normal”). También están los errores de estilo, que pasan más desapercibidos, pero que pueden destrozar un texto: gerundios donde podrían utilizarse otras fórmulas; cursivas por doquier, sobre todo en obras traducidas, etc.
¿A qué nos lleva todo esto? ¿Qué ocurre cuando nos encontramos con novelas que tienen tantos errores de tantas clases? Nos hacen dudar, nos hacen plantearnos las reglas de ortografía y, al fin y al cabo, nos hacen desaprender. ¿Cuántas veces he tenido que coger el diccionario para comprobar si es con g o con j?, ¿en cuántas ocasiones he tenido que consultar en san Panhispánico de dudas si se pone en cursiva o entre comillas? No queremos que la literatura nos confunda. Queremos que nos enseñe, que nos haga más sabios. Por todo ello, exijamos novelas sin faltas de ortografía, exijamos un poco más de mimo.
Por Natalia Navarro
Mano dura es lo que algunos necesitan. ¿Cómo se explica, si no, que en series en las que llevas años danzando al son de la desgracia (por un fatal desenlace que se ve al otro lado de la esquina) siempre acaben vivitos y coleando los protagonistas y seres queridos por los protagonistas (y por los lectores)? Qué difícil es cargarse a un personaje con el que llevas ya cierto tiempo viajando entre páginas repletas de aventuras, pero ¿y a su mejor amigo? ¿Y a su madre? ¿Y al amor de su vida?
Vivimos durante años las andanzas del niño que sobrevivió esperando una lucha contra el malvado Voldemort, pero el joven Potter siempre anduvo con dos amigos pegados a sus talones, dos amigos que corrieron la misma suerte que él al final de una saga en la que J. K. Rowling tuvo mano dura, pero no fue tan drástica como muchos pensábamos que podría ser. Cuántas lágrimas se ahorró esta señora. Cuántos fans enfurecidos.
No corrieron la misma suerte los fans de Los Juegos del Hambre, una saga cuyo final te deja con la mandíbula desencajada, pues ¿qué sentido tenía todo entonces, si el motivo por el que se desata el caos es el que finalmente cae? Bien por Suzanne Collins, que supo mantener el pulso firme y que no temió matar a quien menos lo merecía.
No obstante, raro es el caso en que un autor tiene mano dura en la literatura juvenil, pues son abundantes los finales felices en los que tan solo mueren personajes secundarios que no son demasiado queridos por los lectores. Al hilo de este tema, me viene a la mente una de las últimas publicaciones de la editorial Roca: Aislados, de Megan Crewe, primera novela de una nueva saga. Un libro apocalíptico que narra la historia de los habitantes de una isla en la que se ha propagado un virus mortal. A estas personas se las tiene aisladas y los recursos se van agotando por horas; la gente cae y nadie encuentra una cura, una solución. ¿Qué se puede esperar de una novela así? ¡Claro! Muertes y dolor. Y, precisamente, uno de los aspectos más positivos de la historia es que la autora no se acobarda a la hora de infectar a los personajes con el virus. Megan Crewe no pertenece al grupo de autores bondadosos que matan, pero que no tocan a personajes principales o a sus familiares. Megan Crewe mata y lo hace sin compasión, y dota a la historia de más veracidad infectando con el virus precisamente a las personas que mejor pueden caer al lector, sin hacer excepciones porque sean protagonistas o secundarios. Aislados es una buena novela por ello, porque es intensa y muy capaz de mantener al lector con el pulso acelerado, porque en ella se respira la desgracia y el realismo.
En el otro extremo se encuentra Luz inmortal, una de las más recientes novelas de SM, el final de la trilogía Amor inmortal. Después de tres libros contándonos que hay un villano que quiere acabar con la casa de Islandia (la de Nastasya, la protagonista), que esta chica tiene más de un enemigo y que hay una forma muy eficaz de matar a los inmortales, Cate Tiernan nos regala un final muy descafeinado; bonito, pero demasiado benevolente, pues son muchos los personajes que pueden conquistar el corazón del lector y pocos los que caen en la batalla final.
¿Qué prefieren los lectores? ¿Cerrar los ojos y desear un final feliz, aunque este sea poco realista? ¿Llorar con la muerte de personajes con los que ha vivido momentos emocionantísimos? ¿Y los autores? ¿Buscan contentar a sus lectores? ¿Quién decide realmente quién muere: los autores o los lectores?
Por Natalia Navarro
En este mundo actual parece que, en principio, tendemos a lo cómodo. Tanto las listas de películas y series de televisión más vistas, como las de libros más leídos nos indican que nos decantamos preferentemente por las historias de acción que no nos hacen pensar demasiado. Si nos centramos en los libros, está claro que optamos por la novela de evasión, esa que “no nos calienta la cabeza”.
Si analizamos las estadísticas de hábitos lectores, da la sensación de que lo importante es el hecho de leer en sí mismo más que la elección de un título concreto. Es decir, ¡qué bien que leemos, aunque sea de una manera mecánica! Pero ¿es que la lectura mecánica nos asegurará una plaza en el cielo?
En realidad, asegurarnos no nos asegura nada, salvo el no pensar, pero sí nos permite hacernos la ilusión de que en España cada vez hay más lectores porque más del 63% de la población lee por lo menos un libro al trimestre. Sin embargo, habría que preguntarse si a eso se le puede llamar verdaderamente leer…
El caso es que proliferan en los cines, en las distintas cadenas de televisión y en las librerías las películas, las series y los libros comerciales, productos casi de usar y tirar, que divierten y no dejan huella. Todos cortados por el mismo patrón, clónicos, convencionales y efímeros.
Sin embargo, yo como lectora no quiero eso. Huyo de que me cuenten una historia y me digan cómo termina, paso a pasito y de pe a pa. No soporto que me lo den todo hecho y me respondan a todas las preguntas. Y todo bien masticadito y digerido, además.
Me espanta saber desde el principio lo que va a ocurrir y que todo vaya bien encarrilado para que nada me sorprenda. Intuirlo todo y no equivocarme en el desarrollo de ningún personaje, que me suene todo a conocido, ¡qué horror!
¿Que me aten todos los cabos…? No, ¡por Dios!
Como lectora admito –es más, necesito- que al principio el autor me lleve de la mano, pero no acepto que en el desarrollo y al final, cuando ya he madurado la historia, siga haciéndolo como una madre protectora incapaz de ver crecer a su hijo. Por eso, le exijo que me deje volar en libertad.
Que el autor me interrogue, me cuestione cosas, eso sí. Pero de las respuestas me encargo yo. Gracias.
La tan manida frase de que el gran objetivo de un libro o de una película es el de entretener no va conmigo. No, yo no quiero que una historia solo me entretenga.
Para eso ya hago punto de cruz.
Y por eso mismo, cuando escribo para jóvenes, mi meta final tampoco es entretenerlos. Ansío por supuesto que se enganchen de la lectura, que se interesen por lo que ocurre, y utilizo “cebos” para ello, ¿cómo no? Muchas veces, una historia de amor, sí. Pero a través de ella, aparecen muchas cosas más con las que pretendo hacerles reflexionar sobre otros temas. En realidad, los libros –mis libros- tratan de ser como cajas de alfileres. Quisiera que a medida que avanza en la lectura, el lector recibiera alfilerazos. Quizá algunos sean tan suaves, tan tenues, que no prendan en él, pero quiero que otros le aguijoneen, le sacudan, le sirvan de acicate, le lleven a plantearse interrogantes, le hagan meditar; incluso, que le estimulen tanto como para obligarle a buscar más allá de mi novela. Solo entonces mi libro se convertirá en el puente que aproxime a otros libros, lugares, personas, hechos.
En cuanto a la historia de amor, bueno, casi nunca termina con el beso de “Happy end” que los lectores esperan. Y eso descoloca a muchos, y me lo suelen decir cuando hago encuentros con ellos en los centros, y me piden segundas partes donde arreglar lo que no se ha arreglado en la “primera”, donde atar lo que no está atado y bien atado. Pero conversamos y les cuento mis motivos. Y algunos los entienden y me lo dicen, y en sus ojos veo que vamos por buen camino. Porque me he propuesto hacerlos verdaderos lectores, y esos no son los que leen un libro al trimestre sino los que enlazan un libro con otro. Para conseguirlo no me queda otra que contagiarles curiosidad, interés, ganas de ir más allá… Algo que no transmiten las historias previsibles (y prescindibles).
Naciste en la radio, pero alguien pensó que tu voz no debía perderse en las ondas. Así llegaste a mi estantería, y lo hiciste cuando yo sólo tenía doce años, la misma edad con la que ahora te desprendes del diminutivo en Mejor Manolo. Tú, Manolito Gafotas, inmortalizado por la pluma de Elvira y el lápiz de Emilio, me supiste conquistar a la primera.
Ansiosa por conocer más sobre ti, te busqué en la biblioteca de mi pueblo, ¿recuerdas? Allí descubrí dos cosas: te sentías como el último mono (¡pobre Manolito!) y no eras consciente del valor de tu charlatanería. ¡Pero si solo un gran conversador como tú hace de la cotidianidad algo que mole!
Cuando cumplí trece años me constaste tus secretos, te atreviste con tus trapos sucios, y poco después me enteré de que andabas on the road, cruzando fronteras. ¡Desde entonces nada se te ha resistido! Te has colado en las salas de cine, en los televisores, ¡incluso en los escenarios!
De veras pensaba que no volvería a verte. Y mira, aquí estás otra vez, a tiempo para ser testigo del pozo en el que se sumerge la sociedad, para demostrar una vez más quién tiene menos pelos en la lengua de todo Carabanchel Alto. Ahora tu pequeño planeta está más patas arriba que nunca: ya no sois sólo tú y el Imbécil, y el agua os llega a los García Moreno hasta la barbilla; pero tu voz sigue siendo la misma, la de ese héroe atemporal con un gran corazón que mira el mundo a través de unas gafas. Gracias por volver y por hacerme sonreír de nuevo, mi querido Manolito. Gracias.
Por Marina García.
¿De dónde proviene esa luz en el patio que molesta a los vecinos hasta las cuatro de la madrugada? ¿Cuál es exactamente el motivo por el que fulminamos con la mirada a la señora que nos arrebata el único asiento libre en el metro? ¿Dónde tienen su origen esas ojeras que surcan nuestros rostros a primera hora de la mañana en el trabajo o en clase de matemáticas? ¿Por qué cuando todos disfrutan de una animada charla después del café vespertino nosotros nos escabullimos y desaparecemos? ¿Hasta qué punto se puede eternizar una tarea tan simple como pasear al perro por el parque? ¿Con qué finalidad un día guardamos disimuladamente el ticket de la Coca-Cola, otro día el extracto de retirada de efectivo y al siguiente el billete sencillo del 25? ¿En qué ocupamos realmente la tarde cuando, estando de vacaciones en la playa, decidimos quedarnos en el hotel alegando un poco de malestar?
Croac-croac. El sujeto ha sido infectado: el virus de la lectura ya corre por sus venas. Croac.
-Doctor, doctor, ¿cómo puedo ser mejor persona?
-Tres dosis diarias de Gemma Lienas.
-Doctor, doctor, ¿cómo puedo ser más libre?
-Tres cuartos de Sierra i Fabra por la mañana, medio Gonzalo Moure después de cenar.
Croac-croac. Croac.
La literatura, lejos de hacernos más libres o mejores personas (lo cual supondría una reforma del código penal), constituye una oportunidad para pensar, la invitación a elegir un camino que nos lleve por la libertad o la dependencia, la buena o la mala fe. Pensar que un libro sobre la pobreza va a convertir por norma al lector adolescente en un tío generoso y empático es como pretender que todas esas niñas que un día disfrutaron viendo Pippi Calzaslargas hoy sean mujeres permisivas cuando sus hijos traen monos y caballos a casa. No, la literatura no impone ni cuando lo intenta; la literatura es cuando más el sereno de la vida de unos pocos; la literatura no hace magia, ni puede desprenderse de su carácter facultativo; la literatura, como cualquier otro arte susceptible a la moralidad, ofrece a los jóvenes la posibilidad de formarse como personas, pero desde luego no implica ni que el lector vaya a extraer algo más allá del entretenimiento, ni que lo que extraiga, si lo hace, sea precisamente lo que el autor pretendía. De otra forma no existiría el lector de Los Juegos del Hambre que idolatra y persigue a su autora como cordero, ni el lector de Las ventajas de ser un marginado que conspira en la red y aparta al bloguero más débil, ni el lector de La Emperatriz de los Etéreos que, preso de la razón, se niega a poner en práctica toda esa estricta teoría tan bien aprendida en la habitación.
Para que la literatura funcione el lector debe poner de su parte. Ahora, cómo funcione es otra cosa.
Y es que los libros son capaces de mucho (de transportarnos, de acompañarnos, de mostrarnos, de encaminarnos), pero no son medicinas, ni siquiera guías de los que nos podamos fiar. La medicina está en la calle, en la vida, en la experiencia que nos hace entender y rectificar aquello que no nos gusta. Los libros, por tanto, quedan relegados a la función de encender la chispa en quien la busque y consolidar la llama en quien ya encontró su lugar.
Por Óscar Luis Mencía
El amor no es como lo pintan. Las relaciones de dos no son tan complicadas como muestran las telenovelas de sobremesa, ni tan fáciles como aparecen en algunos libros juveniles.
En estas novelas lo romántico no queda relegado a un segundo plano, sino que juega un papel esencial: es el ingrediente clave. Si de una página a la siguiente el protagonista está dispuesto a morir por el otro, la historia pierde fuerza. Cuando un rico plato no se cocina a fuego lento, el resultado varía y lo que podría dejar un buen sabor de boca se queda en un regusto pasable y, además, en este caso, dulzón.
En El Secreto del Amor –del periodista y escritor Daniel Blanco, publicada por Montena–, una mirada basta para que la princesa Isabel y el plebeyo Diego enloquezcan, aunque todo el mundo esté en contra de su relación. En la corte de Edom, en la que se desarrolla la historia, las conspiraciones están a la orden del día y la principal víctima será la única hija del rey, obligada a casarse con un traidor disfrazado de siervo fiel. La prosa está muy cuidada, incluso lo esotérico que hay en sus hojas le da frescura, pero el puzle no encaja bien. Lo que falla es la pieza central: el amor nace entre los personajes a una velocidad pasmosa. A ello se suma un precipitado desenlace que no convence.
Cosa de magia es también la relación de Blanca y David en Cierra los ojos y mírame –escrita por Ana Galán y Manuel Enríquez, editada por Destino–, aunque en este libro no resulta tan forzada. Y es que el amor no pasa al primer plano hasta bien avanzada la novela, pero cuando lo hace se desarrolla de forma tan precipitada que el lector se queda con la sensación de haber engullido un plato a medio cocinar. ¿Por qué ocurre esto, cuando además se trata de novelas valientes que aprueban en otros muchos puntos? Porque el romance, el ingrediente principal, está crudo.
Nadie de un día para otro regala su corazón al primero con el que cruza la mirada. Cupido en la vida real no presume de tan buena puntería, certeras son solo las flechas hechas de tinta y papel, y si de lo que se trata es de ofrecer verosimilitud a los personajes, es necesario mimar un poco más el flirteo.
Por Marina García.
Este mes de febrero me estreno en la novela infantil y juvenil con El reino de las Tres Lunas (Alfaguara), un género en el que mi aterrizaje ha sido un tanto casual o, por lo menos, no premeditado. Siempre me pareció un gran reto -¿qué se necesita para conectar con un público tan exigente como el infantil?- y jamás me habría animado si no hubiera sido por dos hechos esenciales en mi biografía.
El primero de ellos guarda relación con la literatura y tiene nombre propio: La edad de la ira. Una novela –pensada para el público adulto y publicada por Espasa en 2011- que, desde que salió a la luz, contó con muchísimos lectores entre alumnos de todos los niveles de Secundaria y Bachillerato. Mientras la escribía, confieso que jamás pensé que les pudiera interesar y, mucho menos, que fuese a mantener con ellos algunos coloquios y charlas como los que surgieron desde que la novela llegó a las librerías. Aún hoy, entre los mejores recuerdos que guardo de esta experiencia, se incluyen los tuits, e-mails o mensajes de Facebook que he recibidido –y sigo recibiendo- de los adolescentes que se han acercado hasta sus páginas.
El segundo hecho tiene que ver con mi otra faceta profesional, la docente. Aunque comencé trabajando en el mundo editorial, pronto decidí –de nuevo, casi por azar- dar el salto a la enseñanza y, sin ser consciente de lo que iba a encontrar allí, me di de bruces con una de esas palabras que te cambian la vida: vocación. Siete años llevo ya en las aulas. Siete años en los que siento que me realizo cada día y donde encuentro, en mis alumnos, una fuente inagotable de inspiración y, más aún, un motivo fundamental para seguir creando, luchando y comprometiéndome –en lo educativo y lo social- con todo cuanto me importa.
Así que, sumados estos dos factores, supongo que era inevitable que me decidiese a abordar la posibilidad de escribir un texto destinado a los lectores más jóvenes, en especial a aquellos que están viviendo la transición de sus lecturas infantiles a sus primeras lecturas adultas. En mi cabeza se agolpaban todos esos chicos y chicas de 1º de la ESO a los que doy clase, gente llena de ganas de conocer nuevas propuestas y con una capacidad de entusiasmo descomunal. Con ellos era con los que quería conectar en mi nuevo libro, así que me puse a buscar el lenguaje y la historia para poder hacerlo.
Y ahí, en ese mismo instante, surgió la gran pregunta. Una cuestión para la que no tenía respuesta... ¿Cómo debía escribir una novela pensada para lectores de once y doce años en adelante? Tuve que componer muchas páginas –y borrar otras tantas- hasta dar con la solución al enigma. Una solución que, de puro evidente, no era capaz de ver: el único modo de escribir para ellos era escribir para mí. Si quería conectar con su mundo no podía subestimar su capacidad lectora, ni sus intereses. No podía infantilizar mi lenguaje, ni mis inquietudes creativas, porque entonces les estaría ofreciendo una parte de mí que no sería real y esa falta de sinceridad es algo que no concibo como parte del intercambio literario.
Al revés, era necesario que olvidase su edad y me dirigiese a ellos como lo había hecho siempre con los demás lectores. Si escribía una novela que a mí me apeteciese leer, ¿por qué no iban a querer leerla también ellos? Así que me permití el lujo de abandonar el realismo de mi obra narrativa anterior y aposté por un género –el de la fantasía- en el que tenía muchas ganas de adentrarme. Por supuesto, a ese mundo de magia y aventuras se vino conmigo mi visión (crítica) de la realidad y, entre juglares, damas, magos y caballeros, abordé temas como la tolerancia, la búsqueda de uno mismo o la defensa de la palabra como instrumento básico de convivencia y crecimiento personal. Por eso, aunque El reino de las Tres Lunas parece que es la novela en la que abordo un universo más lejano al mío –ambientado en la Edad Media y lleno de personajes enigmáticos y misteriosos- es, sin embargo, uno de los libros donde –si se lee con atención- mejor se puede conocer mi forma de ser . Y de sentir.
Podría haberme distanciado más de Malkiel, su adolescente protagonista. O de Estrella y Laura, sus valientes compañeras de aventuras. O de Aldo, el juglar enamorado que reivindica la música y la palabra como las más poderosas de las armas. Sí, podría haber renunciado a dejar pistas sobre mí mismo –mi amor por la poesía, mi pasión por los amigos, mi eterna insatisfacción y hasta mi lado más infantil y caprichoso- en todos y cada uno de ellos, pero entonces no habría disfrutado tanto fundiéndome con esos personajes y dejándoles vivir algunas de esas aventuras que, a su edad o a la mía, no me importaría haber compartido.
Ahora, cuando apenas falta nada para que El reino de las Tres Lunas llegue a las librerías, solo espero que los lectores que se acerquen al mundo de mi novela –sea cual sea su edad- sientan las emociones que encierran sus páginas con la misma pasión con la que están escritas. Y ojalá este sea el principio de muchas charlas, coloquios y encuentros en todo tipo de colegios e institutos, pues pocas experiencias son tan positivas como esas conversaciones con uno de los públicos lectores más exigentes, sinceros y, a la vez, agradecidos: los adolescentes.
A su manera, esta novela es mi forma de agradecerles todo cuanto me han aportado en estos años. Y es también mi forma de confesar algo que mis alumnos y ex alumnos saben bien: a pesar de lo que diga mi fecha de nacimiento, sigo siendo uno ellos. Un adolescente más que continúa buscando su lugar en el mundo y que espera, de mano de la literatura, conseguir hallarlo.
Mucha gente se sorprende cuando digo que me gusta alternar la lectura de narrativa adulta con libros catalogados como juveniles, como si estos estuvieran en una categoría inferior indigna de alguien que ya ha disfrutado de las obras para adultos. Sin embargo, cada vez somos más los que conectamos con la literatura dirigida a los jóvenes. ¿Por qué ocurre esto? Hay gente que lo asocia al síndrome de Peter Pan, la generación que no quiere crecer y se queda estancada en la comodidad de los libros para adolescentes porque su cerebro no da para más (no lo expresan de una forma tan clara, pero transmiten esa sensación). Solo puedo decirles que se equivocan.
En mi opinión, el principal motivo del éxito de la LJ entre los adultos es evidente: gusta, gusta mucho, y algunos de sus géneros crean adicción, como las sagas cargadas de aventuras y romance. Si estos libros consiguen llenar a los adultos es porque tienen segundas lecturas o sencillamente no son tan simples como puede creer quien los ve desde la distancia. Richelle Mead (autora de Vampire Academy) ha comentado en alguna que otra entrevista que a simple vista resulta fácil pensar que sus novelas son superficiales y banales por el hecho de pertenecer al género del romance paranormal, pero que ella se esmera en la caracterización psicológica y en la construcción de tramas consistentes. En efecto, quienes la hemos leído sabemos que es una buena escritora que huye de las frivolidades y trabaja a fondo la personalidad de los personajes para que no caigan en estereotipos.
En segundo lugar, pienso que muchos adultos se sienten fascinados por la LJ porque en ella encuentran libros que no existían cuando eran niños o adolescentes, sobre todo por la gran oferta que existe en la actualidad en un ámbito como la fantasía y por las interesantes propuestas de libros curiosos, como los que aúnan el texto de siempre con recursos de la red. Lo mismo ocurre con la literatura infantil y esas obras ilustradas que son auténticas joyas; no es de extrañar que muchos adultos caigamos en la tentación cuando las vemos. Me parece un gesto bonito que seamos capaces de vencer los prejuicios y nos acerquemos a este tipo de literatura con el ánimo de pasárnoslo bien, sin ninguna condescendencia.
Además, la etapa de la adolescencia tiene un gran interés a la hora de desarrollar una historia. Recuerdo una entrevista a Laura Gallego en la que explicaba que le gusta escribir sobre jóvenes porque le parece una edad muy interesante, con sus cambios, sus dudas y su paso a la madurez; se puede decir que hablar de la adolescencia y sus altibajos no pasa nunca de moda. De hecho, no solo se trata en la LJ, sino también en la narrativa adulta, en la que abundan las novelas de iniciación y las protagonizadas por niños o jóvenes.
Por otro lado, se suele decir que la LJ triunfa entre los adultos porque es fácil de leer y los lectores buscan libros sin complicaciones. En parte es cierto, porque el libro más denso de literatura adulta siempre será más complicado de leer que su equivalente juvenil, pero aun así discrepo con esta idea por una sencilla razón: la literatura adulta también está llena de libros fáciles de leer, tan solo hay que darse una vuelta por la lista de más vendidos para comprobarlo. En cambio, novelas juveniles como En el camino de Jellicoe o Hija de humo y hueso son mucho más complejas que gran parte de las novedades para adultos, así que no, no se puede encasillar la LJ como un sector facilón por sistema.
Sea como sea, ningún adulto debería avergonzarse ni ser ridiculizado por el hecho de leer LJ. A muchos se les llena la boca sobre la importancia de fomentar la lectura entre los jóvenes, pero luego menosprecian este tipo de literatura y la quieren lejos de ellos. No, nada de eso: leer LJ puede aportar tanto enriquecimiento como la narrativa adulta. Pienso que el buen libro juvenil es aquel que además de gustar a su público objetivo gusta también a los adultos, como lo demuestran clásicos inolvidables como Alicia en el País de las Maravillas, La historia interminable y Mujercitas, que a menudo se catalogan entre lo infantil y lo juvenil. ¿Por qué ese empeño en considerar la LJ literatura de segunda cuando ha dado tantas joyas?