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Lectores de plástico


Leer es importante. Porque nos enriquece, porque hace nuestro mundo más grande, porque nos entretiene, porque nos hace sentir bien incluso en los momentos más bajos, porque nos da perspectiva, porque nos hace mejores personas.


Hasta hace unos años yo no tenía amigos que leyeran. Leer, para mí, era una actividad de lo más solitaria. Iba sola a la librería, le pagaba al librero de plástico y me iba; y leía sin parar porque en mi círculo no tenía a nadie con quien pararme a comentar lo que leía. Pero con el tiempo descubrí que había un lugar en el que se reunían los lectores solitarios como yo: Internet. Allí, entre foros, webs, blogs, tuits y facebooks, discutían sobre libros, comentaban qué les habían parecido sus últimas lecturas, charlaban sobre sus escritores favoritos y planeaban quedadas fuera de lo virtual. Compartían su afición. Me pareció maravilloso que tantas personas diferentes y de lugares tan dispares conectaran y disfrutaran tanto gracias a los libros. No tenía precio. Y sigue sin tenerlo.


Pero un día me di cuenta de que ese amor por la literatura a veces se usaba mal. Como el superhéroe que se convierte en villano porque su poder termina por corromperle. O como el fan que se vuelve fanático. Me tomó por sorpresa que hubiera lectores, de cualquier edad y condición, que utilizaran los libros para herir a otros lectores. Me dieron vergüenza. Había quienes escogían bandos y se dedicaban a despellejar al contrario, y había quienes habían convertido en su deporte preferido burlarse de los demás. Todo el asunto me parecía de lo más irracional.


Que si eres un lector que no sabe nada de la vida porque prefieres a Gale antes que a Peeta, que si no te atrevas a comparar esa porquería de Crepúsculo con Los Juegos del Hambre, que si como no comentes en mi blog (sobre libros) te dejo de hablar, que si hay que unirse contra las editoriales porque no publican a autores noveles españoles, que si nos puedes abrir un foro privado porque sólo nosotros somos verdaderos fans, que si eres una mentirosa porque ese libro que dices que es malo a mí me ha encantado, que si no vales para nada porque no me interesa lo que posteas… Y muchos más “que si” todavía más crueles e insultantes. Auténticas barbaridades que aquí no me apetece reproducir.


Lo peor, lo más ridículo, lo más hilarante si queréis, es que los lectores que critican a otros por sus gustos, sus opiniones, su físico e incluso su existencia son lectores que se creen excelentes personas. Se rebelan contra personajes como Voldemort, se ponen del lado de los protagonistas más torpes, se indignan ante los típicos niñatos de instituto de las novelitas americanas, desean que venza el Bien, sueñan con tener una cicatriz en la frente y salvar al mundo como Harry Potter, anhelan la fuerza luchadora de Katniss, creen que harían buenas migas con Jo March, les encantaría convertirse en protagonistas de los libros de Jordi Sierra i Fabra, de pequeños querían formar parte del estupendo club de Los Cinco… Tienen todos estos sueños, pero no aprenden nada de los libros. Yo los llamo lectores de plástico, lectores de mentira. Lamentablemente han cruzado el límite de lo honesto y lo respetuoso. Ahora bien, siempre hay tiempo para probar a ser mejores personas, para demostrar que no leen en vano. Para convertirse en buenos lectores, en lectores de papel. Para sortear los obstáculos como lo hicieron Jorge y María en Pomelo y limón, para enarbolar las varitas como lo hicieron Harry y los demás en la última batalla en Hogwarts, para luchar contra la tiranía como lo hicieron los tributos en los Juegos del Hambre, para tener fe en uno mismo como las hadas de Laila Winter, para reírse de la vida de forma tan sana como lo hacía la princesa más famosa de Meg Cabot…


Cuando aparecen comentarios cavernícolas en este diario y en los blogs literarios más honestos, todas mis alarmas se ponen a pitar. “Aviso de trol”, dicen. Pero hasta los trols de David el gnomo tenían momentos de lucidez y se volvían buenos animalitos. ¿Qué tal si todos, sin excepción, empezamos a demostrar que leer sirve para algo? Yo tengo fe: en los buenos libros y en los buenos lectores.

Criaturas de moda

En esta nueva entrega de Recurrencias en la literatura juvenil vamos a intentar poner sobre la mesa a todas las criaturas sobrenaturales que han sido catapultadas a la fama en los últimos años. Para enfrentarnos a esto hay que tener muy claro que estas criaturas aparecen sólo en el género fantástico.


La moda desde los griegos


Dicen que la literatura fantástica nació allá por el siglo XVII, aunque no todas las voces se ponen de acuerdo; unas cuentan que fue tiempo atrás y otras que un siglo después. Lo que nadie discute es que el género siempre ha bebido de una tradición mucho más antigua que se remonta a la fantasía clásica, especialmente la griega: unicornios como Pegaso, centauros como Quirón, gigantes como Orión y sirenas como Parténope.


En el siglo XVII tuvimos los cuentos de Perrault (El gato con botas, La bella durmiente) y en el XIX al vampiro de Bram Stoker (Drácula), el gigante egoísta de Oscar Wilde o el híbrido de Mary Shelley (Frankenstein). Su repercusión en la literatura fantástica juvenil es notable y sus criaturas nunca han dejado de explotarse, pero la obra que revitalizó el género fantástico se publicó muchas décadas después. Hablo de El señor de los anillos (J. R. R. Tolkien), que, aunque “fracasó” en sus inicios, a partir de los años 60, y gracias al movimiento hippy, cosechó un éxito monumental.


Antes de los hobbits, las varitas y los vampiros


Existe una multitud inabarcable de criaturas fantásticas que conforma el tejido del género fantástico, muchas de ellas recurrentes a lo largo del tiempo, pero no hay ningún truco de magia que permita que de repente se conviertan en criaturas de moda. Las modas de repente aparecen. Y tan pronto como lo hacen, desaparecen.


El origen de los animales parlantes, seres con capacidad para comunicarse con los humanos, se remonta a las fábulas clásicas, que se cultivaban ya hace dos mil años en Mesopotamia. Estas criaturas siempre han sido muy queridas por los lectores, pero tuvieron su especial momento de gloria a mediados del siglo XX gracias a obras como las de C. S. Lewis (Las crónicas de Narnia) o Elizabeth B. White (El pequeño caballo blanco).


Tal vez porque los animales parlantes nunca han dejado de tener su lugar en la literatura juvenil, nunca llegaron a generar fenómenos de imitaciones en masa. Precisamente parece que esto les ocurrió después a los elfos de Tolkien o los magos de Rowling, criaturas siempre atrayentes y recurrentes pero nunca fenómenos extraordinarios.


Las criaturas de Tolkien


Con Tolkien se hicieron famosos los elfos, los orcos (recuperados de la mitología celta), los enanos… Sin embargo, a pesar del éxito arrollador de El señor de los anillos, o de la cola que trajeron las novelas de la serie Dragonlance a partir de los años 80, la literatura juvenil todavía necesitó unos años para establecerse y permitirse el lujo de poner de moda a algunas de sus criaturas. Eso sí, lo hizo en buena parte gracias a estos elfos, enanos y hobbits de Tolkien, y es que el fenómeno resurgió en 2001 con la adaptación al cine de Peter Jackson, que dio lugar a que una cantidad ingente de libros llenaran sus páginas de nuevos elfos, enanos y orcos que, con mayor o menor acierto, intentaron atraer la atención del lector como lo hiciera en su tiempo J. R. R.


Los niños magos


Existe un digno y orgulloso “rival” de El señor de los anillos, la heptalogía Harry Potter (J. K. Rowling), dirigida a un público lector esencialmente juvenil. El primer título de la saga, que vio la luz en 1999, desató la moda de los niños magos. Al igual que la adaptación al cine de la “trilogía” más famosa de Tolkien, Harry Potter y la piedra filosofal llegó a las salas en 2001, y desembocó en otro fenómeno sin precedentes.



A partir de Harry Potter muchos libros han estado protagonizados por niños magos, algunos con más tino que otros o con más ganas de innovar y refrescar el género. Algunos de los títulos más recientes son Oksa Pollock, Aldwyn y la profecía, Los magos primigenios o La hermandad de la eterna oscuridad.


Podría decirse que los niños magos (o brujos) se erigieron como criaturas de moda, pero hay algo aquí donde no todo el mundo se pone de acuerdo. Hay quienes opinan que las criaturas fantásticas son sólo orcos, hadas, elfos, duendes, trols o unicornios, por ejemplo, pero que los magos, como no dejan de ser humanos a pesar de tener poderes, no pueden considerarse “criaturas”. Otros defienden la idea de que todo aquel ser sobrenatural o bañado de magia se puede etiquetar como “criatura fantástica”. Y luego están los que consideran seres fantásticos a aquellos que no tienen forma humanoide; para que nos entendamos: meten en el cajón de “criaturas fantásticas” a seres como unicornios o kelpies y dejan fuera a magos, hadas, elfos, gigantes o enanos. Pero ni siquiera este grupo de voces se pone de acuerdo en qué criaturas son fantásticas o no: por ejemplo, ¿y el centauro, mitad hombre y mitad caballo?, ¿y el fantasma?


Aparte de lograr que todos los niños del mundo desearan ser brujas y magos (como Roald Dahl les hizo desear mover objetos con la mente como hacía Matilda), el mayor éxito de Rowling reside en haber creado un universo complejo y fascinante, dificilísimo de imitar.


Otro de los aciertos de la escritora fue servirse de criaturas fantásticas ya consolidadas (dragones, centauros, gigantes), algo que no tuvieron en cuenta las autoras de la serie Oksa Pollock, que se dedicaron a crear seres de nombres tan complicados como foldingots, goranovs, grevoles, gétorix o invisibules. Si bien Rowling no creó ni puso de moda a dragones, centauros y gigantes, los foldingots, gétorix o invisibules ni siquiera han pasado a la Historia de la literatura. No obstante, también es verdad que, por ejemplo, Laura Gallego sí brilló con sus seres inventados en Memorias de Idhún, con lo cual tal vez no sea cuestión de beber de la tradición sino de ofrecer calidad, de darle de verdad la vuelta a la tortilla y cocinarla tan bien que el lector quiera comérsela entre pan y pan.


Vampiros y hombres lobo


Hay una criatura sobrenatural que se ha alzado con el título indiscutible de criatura de moda en la literatura juvenil: el vampiro. En 1991 L. J. Smith lo recuperó en sus Crónicas vampíricas, pero no fue hasta 2005, gracias a la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer, cuando volvió a convertirse en una estrella. El fenómeno que crearon sus chupasangres de piel brillante, dieta “vegetariana” y mente romántica fue abrumador. Quizá porque además de recuperar una criatura fantástica muy potente y darle luego una vuelta de tuerca, también relanzó el género juvenil romántico, hasta entonces muy disperso y sin un lector objetivo especialmente definido.


Meyer, “culpable” de la popularización de hombres lobo y vampiros (sobre todo estos últimos), utilizó dos de los mitos más populares para desarrollar una trama romántica adolescente que ahora mismo satura el mercado de la literatura juvenil, un mercado en el que falta frescura y sobran triángulos amorosos prohibidos pésimamente construidos protagonizados casi siempre por una chica simplona y dos deseables seres sobrenaturales, a veces enemigos mortales.


Prueba de esta popularización son novelas recientes como Sombra nocturna, Los lobos de Mercy Falls, Los guardianes ocultos, Aguas oscuras, Entrelazados o Los bersekir, sobre hombres lobo más y menos sexis; y El circo de los extraños, Vampire Academy, Medianoche, La Casa de la Noche, Entrelazados, Lazos de sangre, Círculo de sangre o Élite oscura, sobre vampiros casi siempre sexis. La balanza parece equilibrada, pero lo cierto es que la moda vampírica ha superado con creces a la lupina.


Ángeles y demonios


Después de la época dorada de los chupasangres y hombres lobo, todavía inacabada, intentaron tomar el relevo los ángeles y demonios; a veces por separado pero generalmente juntos, no en vano representan la batalla más ancestral entre luz y oscuridad. Sin embargo, por mucho que han intentado hacerse con el control de la producción, lo único que han logrado ha sido acabar con el monopolio de sus predecesores y aburrir al lector adolescente antes siquiera de haber ofrecido un verdadero boom.


Tattoo, Dos velas para el diablo, Crypta, Los Sangre Azul, Hush hush, Ángeles caídos, El designio del ángel, Demonios personales, Heraldos, Hija de humo y hueso o Tentación de ángeles son buenos y malos ejemplos de ello.


Y mientras ángeles y demonios intentaban salir a flote, los zombis de Generación Dead jugueteaban también con la idea de hacerse un hueco en el mercado de la literatura juvenil, pero, ya fuera por lo limitado de su público lector o porque éste ya no daba más de sí después de tanta saturación de criaturas fantásticas intentando despuntar, no lo lograron. Los inmortales de Alyson Noël y otras tantas criaturas fantásticas recién nacidas también aspiraron a convertirse en seres famosos, pero protagonizaron estrepitosos fracasos.


Las criaturas de moda


La literatura juvenil contemporánea sufrió un antes y un después tras Harry Potter y Crepúsculo. Ambas series generaron fenómenos hasta entonces impensables, crearon legiones de nuevos lectores, y llevaron al olimpo a magos y vampiros. Desde entonces no ha vuelto a ocurrir un verdadero boom, ni con Cazadores de sombras, ni con Hermosas criaturas, ni con Los juegos del hambre.


Parece que ahora, en lugar de criaturas sobrenaturales y triángulos amorosos sin fundamento, los lectores prefieren mundos distópicos con triángulos amorosos con y sin fundamento como los de Los juegos del hambre, El corredor del laberinto, Juntos o Puro. Ahora la distopía es la nueva moda, aunque quién sabe: la moda es un ir y venir, es cíclica; ¿no vuelven a ponerse de moda los pantalones de pana?, tal vez, entonces, resurjan dentro de un tiempo los niños magos y los chupasangres, o brillen por fin con luces de neón los ángeles, las sirenas, los elfos y los fantasmas.


Suceda lo que suceda, que lo haga, eso sí, con originalidad, innovación, sorpresa y un buen trabajo detrás. Porque no basta con escribir sobre vampiros o niños magos porque los lectores demanden más de lo mismo, o no basta con ponerle alas grises a la protagonista y hacer que se enamore del chico malo de cuernos y tridente porque ese amor vacío es lo que se lleve. Las criaturas de la literatura juvenil y la propia literatura juvenil se merecen un trato de respeto y calidad, un filtro. Si termina publicándose todo porque todo vale, la burbuja explota y deja de saciar. ¿No está ocurriendo esto mismo con los ángeles y los vampiros? Que se prepare el género distópico, porque ya empieza a bailotear desafiante en el borde del precipicio...


Está visto que ser una criatura fantástica y sobrevivir a lo largo del tiempo no es tarea fácil, pero convertirse además en criatura de moda es una misión muchas veces inalcanzable, sobre todo porque la competencia es feroz. ¿A qué criatura le tocará la lotería próximamente?

Libreros de plástico y de papel


Hay dos tipos de libreros: los de mentira, a los que llamo “de plástico”, y los de verdad, a los que llamo “de papel” con todo mi cariño, respeto y devoción.


Los libreros de plástico son seres aburridos que se quedan detrás del mostrador como unos pasmarotes. Si fueran dibujos animados tendrían los dedos gordos, vestirían colores apagados y sus cejas estarían repeinadas. Sólo sirven para decir “Hola, buenas” cuando alguien entra por la puerta, para cobrar lo que se compra y para estar ahí de pie, muy estirados y con una sonrisa de pega, pensando en la hora de echar el cierre. Y es que los libreros de plástico son libreros de mentira porque no trabajan en una librería por el hecho de que amen los libros; no los adoran ni los reverencian, no chillarían de espanto si me vieran doblar las esquinitas de las páginas como sí harían los libreros de papel. Los de plástico están ahí porque les pagan por vender libros, y tanto les daría si un día les dijesen que deben ponerse a vender sardinas en lata, pulseras de guisantes o patillas de gafas de sol.


Los libreros de papel son la otra cara de la moneda, el yang del yin, el alfa del omega… Estos son los de verdad, a los que crees cuando te dicen “Hola, buenas”, los que no muestran sonrisas de mentirijilla estilo el Joker de Batman. Los libreros de papel son el mejor amigo de todo lector y trabajan en una librería porque tienen que comer… pero también porque aman los libros. Se interesan por lo que llega a la tienda y lo ordenan con mimo y sabiduría. Saben que en ese pasillo tienen los novelones románticos, que en el estante de ahí arriba guardan libros de cocina y fotografía, que en esa cestita de ahí tienen marcapáginas y papel de regalo, que en el pasillo que está más al fondo aguardan con paciencia los clásicos, que al lado están los ensayos más áridos, que subiendo la escalera esperan los libros de texto y para aprender idiomas en sólo treinta días, y que cerca de los superventas está la literatura juvenil. Los libreros de papel lo saben todo de su librería. Conocen todos sus rincones, todas sus esquinas. Saben dónde hay polvo, dónde teje la araña, dónde está esa novelita y dónde dejaron aquella. Te recomiendan libros. Reconocen cada sonido de la librería, hasta el crujir de las páginas viejas, y escuchan lo que tengan que decir los libros. Así de mágicos son los libreros de papel. Tan mágicos y maravillosos que, por desgracia, son una especie en extinción. De hecho, hasta diría que las propias librerías están empezando a desaparecer, sustituidas por simples tiendas de libros.


Y así pasa, que lo habitual es toparse con libreros de sonrisa plastificada y cerebro de burbujas. Como, por ejemplo, la chica que trabaja en la tienda de libros de mi ciudad. Hace unos días tuve que decirle que La noche del cazador, de Nalini Singh, no debía estar en la sección de literatura juvenil (sección, por cierto, en la que no se diferencia entre literatura infantil y juvenil: está todo mezclado y patas arriba, como si los cuentos de Teo o Dora la exploradora y Los juegos del hambre fueran para los mismos lectores). “¿Ah, no”, me preguntó muy sorprendida. Amablemente le expliqué que no, “ah, no”, que en La noche del cazador hay asesinatos y sexo salvaje y caliente. La librera de plástico me contó que “como la portada se parecía a esas de los libros para adolescentes que se publican ahora, creía que era juvenil”. Su deducción no era tan descabellada, pero no haber investigado un poco más la convirtió en una librera de mentira. ¿Qué habría pasado si algún jovencísimo lector de Cazadores de sombras o Vampire Academy se hubiera llevado la obrita de Nalini a casa?


Además, los libreros de plástico están en la inopia. Un día, haciendo tiempo, se me ocurrió entrar en una librería situada en plena Puerta del Sol. Fui directa a la librera, que todavía no sabía si iba a ser de plástico o de papel, y le pregunté por la sección de literatura juvenil. Se tomó su tiempo para pensar y al final me respondió “no nos queda de eso, lo siento”. Le di las gracias y me fui de allí, dándole vueltas al “no nos queda de eso”. A los días descubrí que toda la planta de arriba de esa librería estaba dedicada a la literatura infantil y juvenil.


El mundo necesita más libreros de papel. Porque vender libros sin que te importen un pimiento es tan triste como una lámpara sin bombilla, un lápiz sin mina o un plato de lentejas sin trocitos de patata. Los libreros de plástico deberían aprender del nuestro, que es de papel: tiene escritas unas cuantas milongas que tal vez puedan interesarles.

Crítica de la película de Los juegos del hambre

Hace tiempo Lenny Kravitz (Cinna en la película) dijo en su Twitter: “Jennifer, tú eres Los juegos del hambre”. Y tenía más razón que un santo. Ahora, cuando veo los carteles de la cinta protagonizando las vallas publicitarias del Metro y las marquesinas de los autobuses, veo algo más que la cara de Katniss apuntándome con esa flecha dorada. Veo algo más que la foto de una chica con cara de circunstancias. Veo un personaje sólido en la pantalla, humano, de carne y hueso y curvas, con una puntería letal y una voluntad férrea, con muchísimo miedo por lo que pueda ser de los suyos y con graves problemas sociales. En la Katniss de la película (la actriz Jennifer Lawrence) he visto a la Katniss de los libros de Suzanne Collins. Y Peeta, Cinna, Effie, Haymitch, Rue, Cato, Seneca, el Presidente Snow y los demás no se han quedado cortos, precisamente.


Un futuro postapocalíptico, doce distritos, un gobierno tiránico emplazado en El Capitolio y un programa de televisión, “Los juegos del hambre”, que retransmite cada año en directo una masacre entre niños y adolescentes.  En este primer capítulo de la saga nos encontramos con la familia de Katniss Everdeen, que aterrada se prepara para la Cosecha, ese día del año en el que El Capitolio escoge a un chico y una chica de cada distrito para que sirvan como tributos de Los juegos del hambre. Veinticuatro chicas y chicos de doce a dieciocho años que tendrán que matarse entre ellos porque sólo puede quedar uno. Las probabilidades de que Prim, la hermana pequeña de Katniss, sea elegida son ínfimas… pero sucede, y Katniss, sabiendo que Prim no durará ni un segundo en esa guerra, se presenta voluntaria como tributo. ¡Que empiecen los septuagésimo cuartos juegos del hambre!


Reconozco que mi visión es absolutamente parcial porque soy una fan confesa de la trilogía de Los juegos del hambre… pero no puedo hacer otra cosa que contaros que sí, que la película me ha gustado. Muchísimo. Me ha parecido emocionante, sobrecogedora y adictiva. Desde que en el cine se apagaron las luces hasta que volvieron a encenderse, mi cara era un poema: sonrisa expectante, ojos brillantes, corazón revolucionado y cuerpo burbujeante.


La adaptación es más que digna porque es realmente fiel al libro, está bien hecha (no en vano cuenta con grandes profesionales a sus espaldas: Gary Ross dirige, James Newton Howard pone la música…) y respeta la inteligencia de su público. No salen algunos personajes secundarios, se obvian algunas subtramas, se altera el orden de algunas escenas (aunque el orden de los factores no altera el producto), no existe el monólogo interior del libro y se relajan los niveles de violencia. Pero es que, tributos, hay que tener en cuenta que los códigos con los que se trabaja en literatura no son los mismos que se manejan en el cine, que adaptar el libro fielmente –¡al dedillo!– habría sido desastroso. Además, si la cinta hubiera sido más agresiva de lo que es, muchos jóvenes espectadores se habrían quedado sin verla (por no hablar del daño que eso hubiera hecho a la taquilla). Bastante literal es ya la película y bastantes críticas se está llevando por eso. Que si es lenta, que si no muestra tanta sangre como se esperaba, que si ofrece demasiados elementos del libro, que si patatín y patatán… Personalmente, como adaptación me ha parecido espectacular, y como película a secas creo que también ha cumplido muy decentemente su papel.


142 minutos de acción, de silencios medidos y un trabajo de sonido brillante, de escenas terribles y sangrientas grabadas con una cámara epiléptica que eleva la locura, de reflexiones sobre el poder del miedo y el de la esperanza, de breves momentos que dan tregua al amor y la amistad, de hermosos (y peligrosos) bosques verdes, de sinsajos que silban una tonadilla que pone los pelos de punta, de personajes que mueren y hacen que se te encoja el corazón, de una tumba improvisada en medio de unos juegos de muerte televisados con una frialdad y frivolidad espantosas, de humanos que viven en burbujas de opulencia y otros que apenas tienen para comer y viven en la más absoluta miseria, de feroz crítica social, de un diseño de vestuario que pone los ojos como platos, de vestidos en llamas que hacen que te agarres fuerte a la butaca con ganas de ponerte a aplaudir, de desmesurados contrastes…


Id a verla. Tenéis que ir a verla. Para disfrutar, para reíros con esas bromas tímidas hechas en medio de la tragedia, para alzar los dedos con el signo de la revolución, para ver en carne y hueso a los personajes, para emocionaros. Id a verla, hoy mismo se estrena. Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte.

Crónica de los Premios SM 2012

Los Premios de la Fundación SM son una cita obligada para todo “lijero” que se precie, y por eso el pasado martes 13 El Tiramilla estuvo cubriéndolos un año más, libreta y cámara en mano, para relatároslo todo luego con pelos y señales.


SM organizó un día redondo para la 34ª edición de sus premios: por la mañana una rueda de prensa en un hotelazo para descubrirnos a los premiados y por la tarde una gala (con princesa incluida) que terminó prácticamente a la misma hora a la que a Cenicienta se le acabó el chollo. Fue un día magnífico y por eso queremos contároslo. También queremos deshacernos en halagos con los flamantes ganadores de los premios Gran Angular y El Barco de Vapor: ¡estuvieron simpatiquísimos! Y no nos olvidamos de la gente de la editorial, a la que agradecemos que nos invitara a ese gran día y felicitamos por su estupendo trabajo.


10:30 de la mañana, Sala Neptuno del Hotel Vincci Soho de Madrid


Mi compañero Guillermo y yo llegamos puntuales a la cita. En la sala, enorme y repleta de bollitos para todos, nos aguardaba la sorpresa más esperada del día: los libros premiados ya editados y expuestos orgullosos junto a sus autores, hechos un manojo de nervios y sonrisas. Catalina González Vilar firmaba el Premio El Barco de Vapor, El secreto del huevo azul, publicado en gran formato y con divertidas ilustraciones a cargo de Tomás Hijo; mientras que Jesús Díez de Palma firmaba el Premio Gran Angular, El festín de la muerte, también de edición singular aunque mucho más sobria dadas sus circunstancias, no en vano habla del desastre de la Segunda Guerra Mundial.


Durante el acto hubo tiempo para todo: para sacar fotos, para probar los bollitos y el zumo de naranja recién exprimido, para saludar a toda la simpática gente de SM que estaba allí, para que nos obsequiaran con las novelas ganadoras y el Anuario de Literatura Infantil y Juvenil 2012, para sacarnos todos los presentes una foto con los ganadores y que nos echaran un autógrafo sobre sus obras… y, claro está, para escuchar todo lo que quisieron contarnos a los medios allí congregados. Catalina nos contó que su libro, además de jugar con las palabras, es como un cuento de los de antes, y que cuando se bloquea escribiendo, uno de sus trucos para salir del bache es releer a los clásicos. Y Jesús, que nos confesó que su discurso de por la tarde sería breve porque estaba hecho un flan, nos contó que el tema de la guerra nunca se pasa de moda porque siempre hay guerras y horror, aunque tanto él como Lines Carretero (directora de publicaciones) y Gabriel Brandariz (editor ejecutivo) nos aseguraron que El festín de la muerte habla más de personas que de bombas.


18:30 de la tarde, Real Casa de Correos de Madrid


Esta vez me acompañaba el tiramillote Alberto. Era su primera gala de los Premios SM y para mí era la tercera, pero debo confesaros que los dos estábamos igual de nerviosos y excitados, y es que una celebración como esa no ocurre todos los días: a saber, decenas y decenas de escritores, editores, periodistas, etc. juntos dentro de un mismo edificio.


Armados de valor, él con traje y yo con vestido y tacones nuevos (craso error que horas después sufrirían mis pies), pasamos los controles y entramos a la magnífica Real Casa de Correos, un lugar enorme de salones amplios, techo acristalado y arcos de piedra que escondían un gran secreto. Todo inspirado, por cierto, en Alicia en el País de las Maravillas, con cartas de varios tamaños haciendo equilibrios unas sobre otras y adornando el horizonte.


Al principio tanta parafernalia y tantos escritores de libros leídos y releídos fueron demasiado para nuestros estómagos, pero enseguida nos rehicimos y encontramos nuestro pequeño hueco en aquella selva que empezaba a dejar de dar miedo. Dimos paseos por aquí y por allá, sacamos fotos a las cartas gigantes, saludamos a caras conocidas… y nos sentamos por fin en nuestros asientos a la espera de que la fiesta diera comienzo. Presentada por un divertido Mago More que supo amenizar los discursos con monólogos y trucos de magia (en uno de ellos quemó cartelitos en una urna y del fuego sacó dos libros, el Barco y el GA del año pasado, que entregó a las autoridades), y ambientada con un maravilloso vídeo proyectado sobre los arcos de la sala, por el estrado vimos desfilar a Esperanza Aguirre, al ministro de Educación, Cultura y Deporte, al actual presidente de SM o a Su Alteza Real la Princesa de Asturias, tan guapísima y elegante como el año pasado, aunque esta vez con un discurso incluso más interesante. Por esto, porque llegó con los deberes hechos (ya se había leído las obras premiadas) y porque tiene fe en la literatura infantil y juvenil, me declaro su fan.


Y por fin les tocó a los premiados, los verdaderos protagonistas. Salieron a recoger sus galardones y dar sus discursos Catalina, Jesús y Alba Quintas Garciandia, la Jordi Sierra i Fabra de este año (Al otro lado de la pantalla). La primera fue personal, el segundo rápido y la tercera toda una profesional. Cada año me pregunto lo mismo: ¿qué les dan de comer a las Chicas Sierra i Fabra para que en sus discursos demuestren tanto aplomo y saber estar?


Aplausos, fotos de los premiados con las autoridades, un último chiste del Mago More que volvió a hacernos reír… ¡y a por el cóctel! Porque no nos engañemos: la mejor parte de los Premios sin duda es el piscolabis de después, cuando los premiados ya tienen sus estatuillas bajo el brazo, el ambiente se relaja y los amables camareros van de aquí para allá ofreciendo una variedad indecente de canapés. Salvo uno de queso demasiado fuerte, los demás bocaditos estaban buenísimos, dicen; yo me dediqué a mojar trocitos de fruta en las fuentes de chocolate blanco y chocolate con leche. Me empapucé, pero la noche lo merecía.


El cóctel fue de lo más entretenido: como buenos reporteros del diario, Alberto y yo fuimos picoteando aquí y allá saludando a viejos conocidos y caras nuevas. Y a lo tonto a lo tonto, las casi cuatro horas que estuvimos paseándonos entre canapés y fuentes de chocolate nos sirvieron para charlar con más personas de las que soy capaz de recordar (¡que me perdonen los no nombrados!). Beatriz Sánchez, Gabriel, Elsa Aguiar, Xohana Bastida y otros compañeros de SM nos entretuvieron durante buenos ratos, conocimos ¡por fin! a Carmen Pacheco, le robamos tiempo a Begoña Oro (de la que somos fanes desde que el año pasado se coronara como la ganadora del Premio GA 2011), conseguimos sacar una foto a cuatro simpáticas Chicas Sierra i Fabra (a las que deseamos un brillante futuro), volvimos a encontrarnos con Jorge Gómez Soto y Esther Madroñero, secuestramos a Jesús y Catalina para volver a desearles la mejor de las suertes… y vimos de refilón pero no llegamos a saludar a Montserrat del Amo, Jordi Sierra i Fabra, María Menéndez Ponte o Santiago García-Clairac. He decidido que en los premios del año que viene tendré superpoderes para poder saludar y besar a todo el mundo.


Y hasta aquí puedo contar. Prácticamente cerramos con llave el edificio, y al salir volvieron a regalarnos un par de bolsitas con los libros premiados y, última sorpresa, una baraja de cartas con ilustraciones muy bonitas. Era pasada la medianoche, estábamos en el corazón de Madrid, me latían los dedos de los pies y tocaba despedirse hasta el año que viene. Últimos besos y hasta pronto.

Charles Dickens

En 2012 se conmemora el doscientos aniversario del nacimiento de Charles Dickens (7 de febrero de 1812 - 9 de junio de 1870). Autor de clásicos universales como Oliver Twist, Un cuento de Navidad, David Copperfield o La pequeña Dorrit, se le reconoce como padre de personajes inolvidables y uno de los escritores ingleses más influyentes. No en vano su rostro ha llegado a protagonizar los billetes de cinco libras y es el autor más citado después de Shakespeare o Lewis Carroll. Además fue pionero de la novela por entregas y quiso que los niños fueran protagonistas de buena parte de su literatura.


Su infancia guarda cierto parecido con la de sus personajes más jóvenes (recordemos a Oliver Twist). Nació en el seno de una familia humilde que por culpa de la mala cabeza de su padre siempre anduvo mudándose y viviendo precariamente. Así, a Dickens no le quedó más remedio que aprender sobre el mundo por su cuenta y no fue hasta que cumplió nueve años cuando por fin fue al colegio. Ya entonces devoraba obras como Don Quijote de la Mancha o Robinson Crusoe. De esa época dijo una vez que no guardaba demasiados buenos recuerdos, y se describía como un “niño muy pequeño y no especialmente cuidado”.


Muy poco tiempo después la situación de su padre llegaría al límite y las deudas que había acumulado lo condujeron a la cárcel. Estando como estaban las cosas, a Charles no le quedó más remedio que ponerse a trabajar: tenía doce años cuando entró en una fábrica de betún para calzado, un empleo duro y agotador en cuya experiencia se basaría más tarde para llenar páginas de obras como David Copperfield.


Con quince años su suerte por fin comenzó a cambiar. Primero fue pasante de pluma en un despacho de abogados, luego se convirtió en reportero de varias publicaciones, donde ya se entreveía su vena de crítico social, y durante varios años fue editor de un periódico. Entre texto y texto, con veinticuatro años se casó con su primera mujer, Catherine Thompson Hogarth, con la que tuvo diez hijos; y con veinticinco primaveras empezó a publicar por entregas Oliver Twist.


Charles Dickens siguió escribiendo novelas y cosechando gran éxito con ellas: Nicholas Nickleby, La tienda de antigüedades, Un cuento de Navidad, David Copperfield (todo un best seller), Historia de dos ciudades… Se hizo tan rico que llegó a comprar una mansión en la que soñaba vivir cuando era niño. Pero no todo fueron éxitos, de hecho la fama se le subió a la cabeza y despachó a sus editores y sufrió una crisis nerviosa. Eran los años cincuenta del siglo XIX y su salud dejó de ser de hierro. En esa época Catherine y Charles se separaron (se cree que tuvo un lío con la hermana de ésta), y él se reencontró con su amor de juventud, María Beadnell, a la que dirigió sentidas cartas de amor, pero su relación no pudo ser y eso agravó el estado de salud del escritor. En 1865, cinco años antes de su muerte, Dickens sufrió un trágico accidente de tren: sólo sobrevivieron los pasajeros de su vagón. Entre los supervivientes se encontraba Ellen Ternan, la última mujer con la que se le relacionó: se cree que juntos dieron a luz a un niño, aunque murió muy joven.


Después de que su amor con María no pudiera ser y del aparatoso accidente ferroviario, Charles Dickens pasó a ser una sombra de sí mismo, y el 9 de junio de 1870 sufrió una apoplejía que lo condujo a la muerte. No lo enterraron como quiso, en la catedral de Rochester y “de forma barata, sin ostentaciones y estrictamente privada”, sino en la Esquina de los Poetas de la Abadía de Westminster.


El mejor recuerdo que tenemos de él es su obra, toda (salvo la novela Tiempos difíciles) ubicada en Londres, ciudad a la que llamaba su “linterna mágica” porque por sus calles salía a pasear cuando no podía dormir. Una ciudad, también, en la que la diferencia entre clases era brutalmente acusada y que Dickens se ocupó de plasmar en sus libros, todos de denuncia social contra la hipocresía de una sociedad injusta, casi de castas, y en la que los pobres, a los que el escritor trataba con compasión, llevaban siempre las de perder. Sin embargo, a pesar de la crudeza con la que retrataba la realidad, Charles siempre tuvo fe en la gente y en su dignidad.

Crónica de una tiramillota en el CERN con Quantic Love

Ésta, tiramillotes, va a ser una crónica de viaje de lo más subjetiva… claro que no puede ser de otra manera, ¡porque gracias a un libro he bajado hasta las profundidades del CERN! Pero primero lo primero: el orgulloso protagonista. Se titula Quantic Love, lo ha escrito la simpática autora y física Sonia Fernández-Vidal, y desde el pasado 24 de enero lo tenéis en vuestras librerías.


Con motivo de su publicación, La Galera tiró la casa por la ventana y organizó un tour de dos días inspirado en la novela, en la historia de su protagonista, una joven sevillana llamada Laila. En el “Tour Quantic Love” participamos casi una veintena de medios, incluidos pesos pesados como EFE, El País o ABC. Para El Tiramilla ha sido todo un privilegio volverse “cuántico” y desde aquí quiero volver a dar las gracias a La Galera, a Sonia y a todos los que han hecho posible esta experiencia. También a Moleskine, porque nos obsequió a todos los participantes con una pequeña libreta inspirada en Quantic Love para que, como hiciera Laila en su historia, la utilizáramos como diario. ¿Os parece si descubrimos quién es esta chica?



Laila está en el verano antes de entrar en su primer año de universidad y va a pasarse las vacaciones trabajando como camarera en el CERN, al lado de cerebritos con los que sabe se va a sentir torpe e insignificante. Y así es al principio, pero su compañera de habitación, una inteligente y alocada estudiante de físicas, la saca pronto de su letargo. En ese verano mágico, rodeada de protones, neutrinos y experimentos alucinantes, Laila tendrá tiempo de hacer buenos amigos, de conocer a un premio Nobel y de resolver la ecuación del amor. Es ésta una novela sencilla, graciosa, romántica y muy juvenil que nos enseña sobre todo dos cosas: qué es esto del amor y qué es eso de la física cuántica.



Y ahora sí, voy a contaros qué es el CERN y qué se hace ahí. Os hablo del mayor laboratorio de investigación en física de partículas del mundo. De 27 kilómetros de circunferencia, se sitúa en Ginebra (Suiza) lindando con Francia, y sus instalaciones se hunden en la tierra hasta alcanzar, en algunos puntos, los 150 metros de profundidad. El CERN es un lugar inmenso lleno de edificios grises y blancos que albergan máquinas asombrosas que hacen cosas espectaculares y casi de ciencia ficción. Los físicos, ingenieros y demás investigadores que trabajan ahí se cuentan por miles y proceden de todo el planeta, y hacen cosas como acelerar partículas, desarrollar nuevas tecnologías (¡allí se inventó la web!), soñar con viajar en el tiempo, descubrir los veloces neutrinos, investigar con imanes superconductores y sobre trenes que avanzan “levitando”… La verdad es que uno sale del CERN ojiplático y con la boca abierta. Así estuve yo durante el tour.



Todo comenzó el pasado lunes 23 de enero. Me desperté a eso de las cinco de la mañana y enseguida me zambullí en el metro de Madrid, dirección la T1 del aeropuerto de Barajas. Allí nos reunimos la mitad del grupo; la otra mitad volaría a Ginebra desde Barcelona. Adormilados, nos dimos apretones de mano y besos en las mejillas, y todavía entre bostezos echamos unos cafés, hicimos colas, nos inspeccionaron hasta los dedos de los pies y, por fin, entramos en el avión.



Nada más poner un pie en suelo ginebrino nos esperaban dos sorpresas: un autobús tuneado con pegatinas de Quantic Love y el bastión catalán, entre el que se encontraban Sonia Fernández-Vidal y el también escritor Francesc Miralles, que junto a su grupo de música Nikosia ha puesto la banda sonora al libro (para ambientaros podéis escucharla aquí, es realmente pegadiza). Más saludos y presentaciones, y al bus: ¡había que marchar al CERN! Sonia y los chicos de La Galera amenizaron el trayecto como unos animadores profesionales contagiándonos su ilusión y nos regalaron las bonitas Moleskine.



Y llegamos por fin al laboratorio más grande del mundo. Edificios diseminados por todas partes, bicicletas también por todas partes, científicos yendo de pabellón en pabellón y abarrotando el Restaurante 1 (del que Laila era camarera), de fondo las montañas nevadas de Ginebra… Espectacular y muy oxigenado, nada que ver con el corazón ruidoso de Madrid. Y mientras esperábamos a que nos dieran las llaves de nuestras habitaciones, pudimos visitar la habitación de Laila y su compañera de cuarto: si ya estábamos inmersos en su historia, eso logró que termináramos de ponernos en su piel por completo. Y así continuó el día: nos instalamos, unos guías de lujo (jóvenes científicos españoles la mar de entusiastas) nos dieron una vuelta por el lugar, ataviados con cascos rojos pudimos visitar el alucinante experimento ATLAS bajo tierra (el Gran Colisionador de Hadrones), comimos en el Restaurante 1, nos echamos una siestecita, seguimos investigando la zona y, al caer la noche, el autobús customizado nos llevó a cenar a la ciudad, a un pequeño restaurante ginebrino donde nos hartamos de queso. Sin duda ése fue el momento más divertido del día: cenamos, charlamos, me reí como una loca con mis compañeros de mesa y Sonia nos regaló una pieza de puzle a cada uno; juntándolas todas el resultado era el bonito logo de Quantic Love. Y como Cenicientas, cuando las agujas del reloj marcaron la medianoche volvimos al CERN. Os aseguro que dormir allí como una más no tiene precio.



Martes 24, fresquito y nublado. Amanecí, me duché en una especie de baño de cartón pseudo-futurista, me enfundé en mis vaqueros nuevos y fui directa al Restaurante 1 para desayunar. Tenía la mañana torpe: me eché más café del que cabía en la taza, lo puse todo perdido, el líquido marrón resbalaba por mi bandeja mojando la servilleta y la tostada con mermelada… También me encargué de meter la manga del abrigo en el café. Como imaginaréis, corrí un tupido velo y me fui a la habitación a la velocidad de un neutrino. Me despedí de ella (le había cogido cariño), recogí mis cosas y subí al autobús: tocaba visitar los imanes y el cerebro del CERN. De esa mañana guardo otra anécdota más: en un momento dado me miré las manos y descubrí algo horrorizada que tenía los nudillos de color verdiazul… Naturalmente, compartí mi paranoia con mis compañeros y entre todos nos pusimos a elucubrar sobre el tema.


De vuelta hacia el restaurante hicimos una parada obligada en la tienda de recuerdos; luego, siguiendo una línea negra pintada en el suelo como si fuera Dorothy en Oz, me perdí por los pasillos del CERN con una compañera y aprovechamos para colarnos en el gran auditorio; y mientras nos ubicábamos descubrimos otra tiendecita y volvimos a hacer un alto. Volver a casa sin chocolate suizo habría sido mortal. A continuación de eso, os lo prometo, llegamos al restaurante. Nos hinchamos a comer y charrar, y uno a uno Sonia fue concediendo entrevistas, siempre con una sonrisa encantadora y ojillos brillantes cuando hablaba de su pasión por la ciencia (¡no en vano fue investigadora en el CERN durante varios años!). Cuando me llegó el turno de sentarme a charlar con ella, hablamos de Quantic Love, de que su final cerrado pero “abierto” tal vez algún día podría depararnos sorpresas, de su corta pero meteórica carrera como escritora de LIJ, de que quizá lo próximo que escriba sea un ensayo porque quiere tocarlo todo, de que su primera obra La puerta de los tres cerrojos puede que tenga continuación… Ah, y entre sus libros favoritos se encuentran La historia interminable, la literatura de Tolkien y Roald Dahl, Los Juegos del Hambre, Harry Potter o las novelas de Francesc Miralles, escritor muy majete con quien tuve el placer de cruzar alguna palabra durante el viaje.


La tarde llegó pronto al CERN y tuvimos que decirle adiós. Nos montamos por última vez en el autobús cuántico y echamos a rodar hacia el aeropuerto de Ginebra, donde nos despedimos con cariño madrileños y catalanes a paso acelerado porque el avión a Madrid salía ya y todavía teníamos que facturar las maletas. Pero llegamos a tiempo, me gasté los francos que me quedaban en un par de chocolatinas y no paré de hablar de libros hasta que tomamos tierra. Ah, y ¿recordáis mis nudillos tuneados? Mi compañera de vuelo, a la que mando un caluroso saludo desde aquí, tuvo a bien iluminarme y quitarme un peso de encima: resulta que no era nada, que sin querer me los había frotado contra los vaqueros y se habían teñido… Y, como se suele decir en estos casos: FIN.


En resumen: una experiencia inolvidable, alucinante, privilegiada y muy divertida. Y todo eso, recordemos, por Laila y por su historia: Quantic Love. Qué forma más maravillosa y valiente de promocionar una novela, así da gusto ¡y ojalá más editoriales juveniles tomen nota! Ahora, más que nunca, puedo gritar alto y claro que ¡yo creo en la LIJ!

¡Yo creo en la literatura juvenil!

Estos días varios amigos, antes fervientes defensores de la literatura juvenil, me han dicho que ya no creen tanto en ella, que han perdido la fe lijera. Leen por leer mientras piensan en la lista de la compra, se pasean por la sección juvenil de las librerías con la cara mustia y ya ni les apetece compartir en sus blogs sus últimas aventuras literarias. Alarmante, desalentador, ¡muy triste! Sobre todo porque se trata de lectores de puturrú de fua, de esos que reflexionan mientras saborean con placer una lectura (buena o mala), se forjan una opinión clara y libre sobre ella, y no temen verterla salvajemente y con alegría en sus bitácoras personales. Pero les entiendo, ¿cómo no voy a hacerlo?


Para empezar, ahora la LIJ está que no está: aún resuenan los booms de Harry Potter y Crepúsculo como si no hubiera pasado el tiempo o no hubiera otras grandes historias… pero es que no las hay, porque ninguna ha alcanzado todavía ese nivel de fenómeno de masas. Por otra parte ahora la LIJ es un mar de clones, en especial crepusculeros, que prácticamente no hacen otra cosa que hablar de amor, como en los anuncios de perfumes de la televisión. Ya no se escribe literatura realista o literatura fantástica, sino realista romántica o fantástica romántica. Pero lo peor es que en estas literaturas doblemente adjetivadas la vena amorosa está muchas veces mal entendida o ideada: no sale de los triángulos amorosos de chica tonta y machos fabulosos, y para colmo los autores tienden a usarla como motor, como eje, como sostén principal de las historias, aparcando todos los demás aspectos interesantes en un segundo o quinto plano. Para echarse a llorar, sobre todo si nos ponemos a diseccionar lo que se publica y empezamos a hablar de calidad narrativa, buen ritmo, universos complejos, coherencia o personajes trabajados de los pies a la cabeza. ¿Será que, al igual que los correctores de este país, los buenos autores se dedican a criar malvas en cementerios al otro lado del espejo?


Otro colmo para tirar a la basura y prenderle fuego es cuando oyes por ahí que la LIJ no es más que un puente hacia la literatura adulta, cuando dicen que la juvenil está tirada de escribir y se dirige sólo a jóvenes con encefalograma medio plano o plano entero. ¡Por favor! O cuando en un sitio tan grande como El País (concretamente en un articulucho del suplemento literario Babelia) “flipas” porque tanto monta que monta tanto a la hora de hablar de literatura infantil que de literatura juvenil, o descubres que lo que se lleva ahora es lo que sea pero “con mucha acción” para “los súper excitados niños del siglo XXI”. En esa mala suerte de artículo también se dice que leer aviva la imaginación (hasta ahí bien), y que por eso los marginados de la clase leen, porque “enamorarse de un elfo puede mitigar la soledad en el patio” (de verdad que no entiendo nada de esa reflexión)… mientras que los niños y jóvenes integrados en el grupo guay no leen porque “juegan y comparten bocadillos en el patio del colegio”. Esto demuestra una falta abominable de conocimiento de la LIJ, de sus lectores y de lo que se cuece en las escuelas (en serio, ¿compartir bocadillos?); también una falta de respeto, claro. Mejor no sigo, porque de tanto poner los ojos en blanco se me van a borrar las pupilas. El caso es que todo esto, hablando en plata, es un suicidio lijero: ofrece literatura basura y te convertirás en autor de literatura basura que sólo merecerá el respeto de los necios, y entonces desmoralizarás a tus lectores, que no son tontos, y esto será el acabose, más aún si algunos medios culturales se dedican a hacer el tonto, y más todavía porque las editoriales no tienen más remedio que tomar lo que ofreces porque lo suyo, a pesar de todo, es un negocio (aunque ojo, no vayamos a santificarlas tampoco).


Por todo esto, es normal que mis amigos estén empezando a dar a la literatura juvenil por perdida y se cansen de buscar joyas entre los catálogos actuales. Pero ahí está la clave: ¡esto es la guerra!, ¡la nuestra! Éste es nuestro momento de mantener calientes y vivos los ánimos, de exigir mejor LIJ y reivindicar su valor, de no conformarnos como lelos con lo que nos den, de seleccionar con tino lo que leemos, de educarnos con buenas lecturas (¡aunque sean clásicos de otro siglo!), de empezar a poner a trabajar nuestra parte más crítica para aprender a diferenciar lo bueno de lo malo de lo regular, de decirles a los autores que no leeremos literabasura porque somos capaces de más, de querer probar nuevos géneros o al menos modas que no se vicien, de pedirles a las editoriales que también ellas se sumen al cambio, de animar a los profesores a fomentar la lectura con buena literatura juvenil, de creer en las campañas de promoción de la lectura, de acudir en masa a nuestras bibliotecas, y de no justificarnos nunca con que la literabasura sirve al menos para atraer y generar nuevos lectores, porque la buena literatura juvenil es perfectamente capaz de cumplir con éxito ese objetivo (ni los menos exigentes o avezados se merecen un mal libro, ¡caramba!).


Convirtámonos en lectores insaciables, libres, generosos, exigentes, concienzudos y respetuosos, y disfrutemos leyendo, que ese sano placer sea el que nos aliente. Y movamos los libros de sitio en las librerías, mareemos a las bibliotecarias, pidamos leer en clase, quejémonos cuando un libro esté mal hecho, y acudamos a firmas, charlas y presentaciones lijeras. Porque para recibir hay que dar, como los picabueyes con los elefantes.


No siempre nos vendremos arriba, soy realista, pero lo bonito es que no estamos solos: encontraremos calor humano en las bibliotecas, en las librerías, en los blogs o en los foros de literatura. Y si un día vemos el mundo tan gris como para pensar que la saga Los inmortales de Alyson Noël es maravillosa y se merece un altar en la plaza de nuestro pueblo, tan fácil como desconectar un rato y plantarnos unas orejas de reno, que es Navidad y nadie nos mirará raro. Yo creo en la literatura juvenil, yo creo, sí creo.

Literatura juvenil y otras artes

Pintura, escultura, arquitectura, literatura, cine, música, danza… No hay más que girar un poco la cabeza y mirar más allá de nuestras narices para comprobar que el arte, en su conjunto y en mayor o menor grado, está por todas partes. ¿Y no es cierto que la literatura, por muchos monstruitos, duendes o tecnologías imposibles que contenga, o etiquetas que se le pongan, habla siempre de la vida? Siendo así es natural que la literatura y las artes se den la mano constantemente y que además se retroalimenten.


Qué interesante, atractivo o misterioso se vuelve el protagonista de turno cuando resulta que es un pintor excepcional o un músico brillante, o escribe unos cuentos que ni el bueno de Shakespeare, ¿verdad? Pero el arte no sólo viste y caracteriza a los personajes de las novelas, a veces hasta las propias obras lo utilizan en sus tramas como elemento clave, bien como acicate para llegar a algún punto decisivo de la historia o para sustentar el peso de la trama. Las posibilidades dramáticas, por tanto, son infinitas.


El arte es algo más que un lienzo pintado


¿Qué es el arte? La Real Academia de la Lengua Española lo define así: “Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”.


La RAE es una institución que suelo tener en cuenta, pero a veces conviene parafrasear sus definiciones en palabras llanas para llegar a una mejor comprensión. ¿Qué es el arte, de nuevo? Es algo más que un lienzo pintado, y aunque esto parezca una obviedad, no lo es en absoluto, y es que al arte le ocurre como a la fantasía, que su concepto a veces se desvirtúa. Hay quienes todavía creen (yéndoles la vida en ello) que el término fantasía se reduce a escobas voladoras, angelotes desterrados, hierba parlante o dragones que escupen fuego, y nada más lejos de la realidad, porque la fantasía es sencillamente todo lo opuesto al realismo, va más allá de la magia. De esta guisa, también hay quienes identifican el arte sólo con los típicos cuadros y esculturas de los museos, pero se equivocan, claro, porque el arte, al igual que la fantasía, es un universo amplísimo. Las siete principales formas de arte son las que hemos visto al comienzo del texto: pintura, escultura, arquitectura, literatura, cine, música y danza.


Ahondando ahora un poco más, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el arte es todo aquello que expresa ideas y emociones, todo aquello mediante lo que expresamos nuestra propia visión del mundo, y hay tantas visiones como subjetividades humanas. El arte forma parte de nuestra cultura; la construye, la deconstruye, la expone, la acaricia, la viste y la desnuda. Me atrevería a decir que sin arte no hay cultura, y viceversa.


¿Por qué se habla de arte en la literatura?


Acabamos de ver que la literatura es una de las principales formas del arte, de manera que el acto de tomar una novela, abrirla expectantes y arrebujarnos en el sillón para disfrutarla como locos significa empezar ya a formar parte de ese arte. Es decir, si la literatura es un arte, ¿no es la acción de leer una manifestación del arte?, ¿y no es esto una redundancia?


Por otro lado, cuando la literatura habla de literatura, se conjuga un mismo arte en dos. A esto se le suele llamar metaliteratura, cuando una historia de ficción habla sobre otra historia de ficción. Alfredo Gómez Cerdá y Jorge Gómez Soto, padre e hijo respectivamente, son habituales metaliteratos en sus libros: les encanta hablar sobre literatura y que sus personajes escriban cuentos y leyendas; en definitiva, les encanta que los libros, de alguna manera, formen parte del engranaje de sus tramas.


Alfredo hace metaliteratura en Barro de Medellín, Palabra de Nadie, Autobiografía de un cobarde o ¡¿Y para qué sirve un libro?!, y para más inri cuenta con bibliotecarios entre su legión de personajes. Confiesa que habla de literatura en su propia literatura como un intento más de entender el mundo; al fin y al cabo, cuenta, “los escritores vivimos inmersos en libros, lo mismo que otras personas que no son escritoras; pero la diferencia es que nosotros escribimos esos libros”. Cerdá es sabio: da en el clavo. Y lo que es más importante: lo que dice de la literatura en la literatura puede trasladarse también al resto de las artes de las que habla la literatura.


¿Por qué escribe un escritor? ¿Por qué diseña un arquitecto? ¿Y por qué compone un músico? Hay gente a la que le apasiona, emociona y conmueve el arte, prácticamente lo lleva en las venas en lugar de sangre, de manera que no puede hacer otra cosa que dedicarse a ello. Pintar, modelar, diseñar y construir, escribir, grabar, tocar y componer y cantar, bailar. Así, los escritores escriben, y escriben sobre la vida porque en eso consiste la literatura, y también por eso parece inevitable que sus propias pasiones se trasladen a las historias que tejen y tejen, o que cualquier arte, como buen reflejo de la cultura, encuentre su lugar entre su imaginario. Porque, insisto, los escritores sienten el arte de forma muy personal, luego es lógico que lo trasladen a su propia obra, que como bien es sabido siempre tiene que ver con su vida, con su experiencia vital. Hasta este punto influye el arte en la literatura, en este caso en la literatura juvenil, y por eso no es de extrañar que en una novela lijera al uso nos topemos con algún cuadro, alguna leyenda, algún ballet o algún concierto; y qué maravilloso es este arte sobre el arte, qué riqueza de matices.


Las posibilidades del “meta-arte”


También el hijo de Gómez Cerdá acierta de pleno. Jorge habla de libros en La chica del andén de enfrente (a uno de los protagonistas le encanta leer y escribir) o Yo conocí a Muelle (uno de los personajes es cuentacuentos). Pero además dice que su metaliteratura a veces es simplemente anecdótica y “afecta poco a la historia y se limita a ser un juego de complicidad con el lector”, mientras que en otras ocasiones “ese juego literario adquiere tanta importancia que la trama del libro gira en torno a eso”. Ahora sustituyamos “metaliteratura” por “meta-arte” (nos inventamos el término para entendernos mejor), y así lo que tenemos, de acuerdo con lo que expresa Gómez Soto pero aplicándolo al meta-arte, es una literatura que habla del arte para jugar cómplice con el lector pero sin mayores implicaciones o profundidades, y una literatura que habla del arte como sostén capital de la historia.


De estas dos posibilidades hablaba yo también al comienzo de este texto, pero si recordáis iba más allá y subdividía la segunda posibilidad (“el arte como sostén capital”) en dos: el arte en la literatura “como acicate para llegar a algún punto decisivo de la historia o para sustentar el peso de la trama”. ¿Desarrollamos con calma estas tres formas de meta-arte?


Por un lado la literatura puede rozar el arte de pasada, como un detalle más de la historia con la única intención de enriquecer un poquito la trama o el elenco de personajes. Como cuando uno de los rasgos de un personaje es que pinta o baila, pero ese detalle artístico no pasa a mayores porque el foco de la historia camina por otros derroteros. Un ejemplo clásico de esto es Mujercitas, de Louisa May Alcott: imposible olvidar la pasión de Jo March por la lectura y la escritura, y cómo se enfureció cuando su hermana pequeña echó sus cuentos al fuego, o la pasión de Amy March por la pintura. Este meta-arte sucede de pasada, y es que la historia de las March se centra en las propias March: en la hermana pequeña, muy enferma; en otra hermana, envidiosa, mimada y egoísta; en otra, una madraza; o en las dificultades que encuentran por que su padre esté lejos, en la guerra. Aquí el arte no es ni acicate ni sustento principal, sino un mero acompañante.


De otro lado, la literatura puede servirse del arte para vestir su propia historia de los pies a la cabeza: en este caso el arte sí es la clave, el tema, el plato principal del menú. Y como decía hace unas líneas, podemos subdividir este caso en dos: cuando el arte se convierte en pieza decisiva para llegar a algún punto de la historia, es decir, cuando sin él no podríamos alcanzar conclusiones, momentos álgidos o decisiones necesarias; y cuando el arte tiene la responsabilidad de sostener el grueso de la trama, cuando la guía de cabo a rabo.


Libros para  el meta-arte cómplice, el acicate y el sostén


Tanta letra se convertiría en paja para el lobo de los tres cerditos si no ofreciera ejemplos lijeros, de manera que como dijera un malvado destripador, vayamos por partes.


El arte como mero cómplice, como simple detalle acompañante, encuentra en la literatura juvenil gran cantidad de ejemplos. En Verano en vaqueros, de Ann Brashares, una de las protagonistas es una gran apasionada del cine, tanto es así que se pasa muchas páginas con la cámara de vídeo en la mano intentando hacer su propia película. En este ejemplo esta manifestación del arte es una mera invitada: la trama no se sostiene sobre esa película, sino que se centra en las vivencias de todas las protagonistas; es decir, aquí el cine aparece de pasada, es un detalle enriquecedor que da forma a un personaje pero no cimenta la trama. También en Skeleton Creek, de Patrick Carman, la coprotagonista se alimenta del séptimo arte, quiere estudiarlo y vive grabando cortos, pero de nuevo el cine se convierte en un elemento simplemente circunstancial, “anecdótico”, como decía Gómez Soto.


También nos ofrecen esta clase de meta-arte Steph Bowe en La chica del lago (uno de los rasgos de la taciturna protagonista es que es una pintora brutalmente buena), Stephenie Meyer en su saga de vampiros brillantes y semi-vegetarianos (Edward toca el piano a Bella en Crepúsculo) o Gayle Forman en Si decido quedarme (la protagonista es violonchelista). Y Suzanne Collins en Los Juegos del Hambre con la emotiva canción de la muerte de Rue (prácticamente un icono ya en la literatura juvenil contemporánea), Kami Garcia y Margaret Stohl en Hermosas Criaturas (recordemos la misteriosa canción Dieciséis lunas), J. K. Rowling en Harry Potter (¿quién no se acuerda del retrato de la Señora Gorda en Hogwarts, Colegio de Magia y Hechicería?) o Richelle Mead en Vampire Academy con las novelas del oeste que lee Dimitri en sus ratos de sosiego. Podría eternizar la lista, claro que sí, y podría dedicarme a incluir en ella casi toda la bibliografía de Jordi Sierra i Fabra porque le encanta hablar de música aunque sea de refilón (Berta Mir, por ejemplo), pero queda clara la idea. Recordemos que más vale no tentar al lobo feroz.


Las otras dos posibilidades de arte en la literatura (el arte como aguijón, como acicate para llegar a algún punto fundamental, o como sostén esencial de la trama) también son habituales, pero desde luego cuentan con menos ejemplos literarios en su haber. Y por esto y porque a estas alturas quiero ser generosa con vuestra paciencia, supongo que ya harta de leer las palabras “arte” y “literatura” por todos los rincones del texto, enumeraré sólo cinco títulos: el ya mencionado ¡¿Y para qué sirve un libro?!, del madrileño Alfredo Gómez Cerdá, la serie Cuarteto de cuerda, de la asturiana Blanca Álvarez, El violín negro, de la zaragozana Sandra Andrés Belenguer, el gran angulista Pomelo y limón, de la también maña Begoña Oro, y Los malvados de Battersea, de la inglesa Joan Aiken.


La novela de Cerdá la componen doce relatos sobre personas, vidas y sentimientos que tienen un denominador común: la literatura, que aquí ejerce de vínculo, de sostén. La obra se dedica a explicar las posibles utilidades de un libro; entre ellas, que un libro sirve para leer, qué gran obviedad pero qué gran verdad. Cuarteto de cuerda también es meta-arte como sostén. Habla de las circunstancias personales de cuatro jóvenes músicas, Carmen, Carla, Cloe y Celia: violín, violín, chelo y viola, respectivamente. Conocemos sus temores, sus dudas, sus más íntimos y sagrados complejos, sus triunfos y fracasos, sus amores, su forma de divertirse, y su manera de tocar y acariciar los instrumentos; todo ello conducido con fluidez por la música clásica, el eje principal de la trama de cada uno de los libros que componen la saga. También habla de música como meta-arte sostén Sandra Andrés Belenguer en El violín negro. La protagonista se enamora de un chico intrigante y vive una serie de aventuras, pero sin duda todo gira alrededor de la música. ¡Y de la literatura! No en vano el misterio se centra en el fantasma de la ópera, personaje de la novela homónima del escritor francés Gastón Louis Alfred Leroux.


El siguiente libro de la lista es uno con sapos y princesas, Pomelo y limón. En esta obra no es que el arte alimente por entero la historia, pero sin los dibujos que Jorge Zaera, el coprotagonista, le dedica a María, la coprotagonista, no habría libro, y es que Jorge y María son como unos Romeo y Julieta de ahora: no les dejan verse pero se quieren a pesar de todo, así que se comunican como mejor saben, ella con cartas y él con preciosos dibujos. Éste es meta-arte del otro, del que sirve como acicate para llegar a algún punto: por sí mismas las pinturas de Jorge no hacen respirar la historia, pero sin ellas ésta habría terminado muy pronto. Y también Joan Aiken escoge esta posibilidad de meta-arte en Los malvados de Battersea. En la historia el protagonista quiere ser pintor y por ello viaja a Londres, donde se desencadena una gran aventura de secretos y traiciones; es decir, sin esta pasión por la pintura, sin la motivación del protagonista por viajar para aprender el oficio, no habría habido historia.


Todos somos artistas


La vida es arte, y como somos vida, somos arte. Más o menos, ¿verdad? Lo respiramos en todas sus formas y posibilidades, es capaz de conmovernos hasta el punto de vivir por y para él, su influencia rebasa barreras, y nuestra experiencia de él deja una impronta imborrable allá donde vamos y tocamos. Así, el arte, y por consiguiente lo que he querido llamar “meta-arte”, es una experiencia circular imparable, natural, enriquecedora y preciosa. Y así también, la literatura juvenil es arte, ¡qué duda cabe!

Lucy Maud Montgomery

La escritora Lucy Maud Montgomery nació en la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá) el 30 de noviembre de 1874, y murió el 24 de abril de 1942 también en Canadá, en Toronto, a los sesenta y ocho años. Su niñez no fue precisamente de color de rosa, y esa soledad que la rodeó durante tanto tiempo la llevó a imaginar historias que la acompañaran. Su madre murió de tuberculosis a los pocos meses de darle a luz, así que su padre la mandó a vivir con sus abuelos, de los que recibió una educación muy recta. Cuando contaba con dieciséis años, su padre, que se había vuelto a casar, la reclamó a su lado, pero enseguida la mandó de vuelta con sus abuelos. Y así, Lucy fue y volvió, y entre tanto completó sus estudios, obteniendo un título en enseñanza; más tarde, en Nueva Escocia, estudió literatura en la Universidad de Dalhousie. Desde entonces nuestra escritora se dedicó a enseñar, trabajó para varios periódicos y cuidó de su abuela viuda, ya mayor.


En 1908, con treinta y cuatro años, Maud (llamada así por su familia y amigos) publicó el que sería el primer libro de una prolífica y reconocidísima carrera literaria: Ana la de Tejas Verdes (primer título de una preciosa serie de ocho novelas). Poco tiempo después murió su abuela, y también al poco se casó y abandonó su oficio de maestra para centrarse en escribir. Su marido, Ewan McDonald, era ministro presbiteriano, y con él se mudó a Ontario, donde nacerían sus tres hijos: Chester Cameron, Stuart y Hugh Alexander, que murió al nacer.


Además de dar vida a la divertida pelirroja Ana Shirley, de la que se han hecho un buen puñado de adaptaciones para el cine y la televisión, Lucy escribió otras novelas muy queridas (La niña de los cuentos, Magia por Marigold o Jane de Lantern Hill) y una gran variedad de antologías de relatos; también probó suerte en el terreno de la poesía. En total llegó a publicar 23 novelas, más de 400 poemas y alrededor de 500 historias cortas. También sus diarios personales completos llegaron a ser editados tiempo después de su fallecimiento.


Sus obras, amables y especialmente recomendadas para un público lector infantil y juvenil, desprenden delicadeza y elegancia, y muchísima frescura y vitalidad. La mayoría se encuentra  archivada en la Universidad de Guelph, y las investigaciones que se llevan a cabo sobre ellas se coordinan desde el Instituto L. M. Montgomery, en la Universidad de la Isla del Príncipe Eduardo. Isla cuyos prados verdes y amarillos inspiraron a Maud historias, escenarios y personajes maravillosos.


Selección de obras de la autora publicadas en español: Ana la de Tejas Verdes, Ana la de Avonlea, Ana la de la isla, Ana y la casa de sus sueños, Ana la de Álamos Ventosos, En el valle del Arco Iris, Rilla la de Ingleside, Emily la de Luna Nueva , Canción nocturna.


Página web de interés: www.lmmontgomery.ca

Entrevista con Alfredo Gómez Cerdá

Alfredo Gómez Cerdá, filólogo y madrileño, es un autor de literatura juvenil de los de toda la vida, y son ya muchas las generaciones de lectores que han crecido disfrutando sus libros, incluida la mía. Ha escrito prácticamente de todo y se ha llevado a casa un montón de premios literarios. Hoy tiene 60 años y asegura que hasta los 137 no dejará de plasmar historias sobre el papel.



Siempre cuentas que de niño en casa tus padres no leían y apenas había libros, pero que ya pasados los once años pudiste leer y escribir a placer. ¿Cómo fue tu encuentro con la literatura?, ¿qué encontraste en ella que te engatusó para siempre?


Sí, es cierto, yo no pertenezco a una familia lectora, ni crecí en un ambiente lleno de libros. Además –y esto es paradójico– fui hasta los catorce años a un colegio de frailes donde jamás nos animaban a leer. Más bien lo contrario. Pero también es cierto que, desde pequeño, sentía una atracción inexplicable por los libros. Leí los pocos que había en mi casa, que no eran para niños (recuerdo, sobre todo, Rebelión a bordo, o algunas novelas de Pereda) y leía libros que me dejaban los amigos, o los vecinos. Recuerdo que un vecino me dejó La vuelta al mundo de un novelista, de Blasco Ibáñez, que eran varios tomos. Recuerdo también Las mil mejores poesías de la lengua castellana, que leí y releí por los menos mil veces. Libros variopintos que me iban descubriendo un mundo apasionante. Luego, empecé a leer novelas de aventuras, que estaban publicadas en la editorial Bruguera, y ese fue otro gran descubrimiento. Y a medida que me aficionaba a leer, me aficionaba también a escribir. Fueron dos caminos casi en paralelo. ¿Qué encontraba? Creo que dos cosas fundamentales: la posibilidad de expresarme y la posibilidad de comunicarme con los demás.


“¡Qué cosa tan difícil la enseñanza!”, dices, y por eso, más o menos, te hiciste escritor, y uno rebelde, además, porque saltas de un género a otro sin que algunos críticos sepan seguirte la pista. ¿Crees en los límites o prefieres pensar que la imaginación es flexible e infinita?


La enseñanza era la única salida profesional que se me ofrecía cuando terminé mis estudios universitarios. Tenía la idea de que la enseñanza era algo muy difícil –y años después sigo pensando lo mismo– y, sobre todo, me di cuenta de que no tenía vocación docente, sino de escritor. Eso me hizo reafirmarme en la idea de intentarlo por todos los medios.


He escrito poesía (casi toda inédita), teatro y narrativa. Es evidente que por lo que soy más conocido es por la narrativa. Nunca me ha gustado moverme solo por un camino, en una línea reconocible casi de antemano. Me atraen muchos aspectos y muchas manifestaciones de la literatura. ¿Por qué no indagarlos? Los críticos suelen decir que una de las características de mi obra es la variedad: temática, argumental, formal... Yo quiero que sea así. No me gusta hacer obras clónicas. No me gusta copiarme a mí mismo (y es difícil no hacerlo). Una de mis novelas juveniles más conocida es Pupila de águila, que ha tenido un enorme éxito de ventas. Algún editor me ha dicho: me gustaría que me escribieras una novela como Pupila de águila. Y yo pienso: ¿para qué? Lo que me apetece es hacer otras cosas y explorar otros caminos. Ahora, por ejemplo, acabo de sacar un libro completamente distinto a los demás, ¡¿Y para qué sirve un libro?! A pesar de su título no se trata de un ensayo, sino de pura ficción literaria. ¡La ficción literaria! Ese es mi mundo, mi vasto mundo. Sin límites. En todo caso, cada escritor que se ponga sus propios límites. Como dices en el enunciado de la pregunta, la imaginación es infinita; pero creo que para escribir un libro hacen falta más cosas, además de la imaginación. A veces, sobrevaloramos la imaginación.


Habiendo impartido tantas charlas y talleres, me gustaría que me contaras si la mirada ilusionada de un niño de aquí es la misma que la de niños de lugares como Medellín, donde la pobreza y la violencia están a la orden del día.


He estado con niños en muchos lugares del mundo, niños de barrios marginales de Medellín y niños de colegios fantásticos en Estados Unidos o Canadá. El ambiente socioeconómico marca, es indudable. Pero creo que podría juntar a un niño de la calle de Medellín, a un niño rico de Miami o de Montreal, a niños españoles, y podría hablar para todos igual. Y podría contarles un cuento que todos entenderían. Y podría sentir sus miradas y su complicidad. Luego, eso sí, cada uno tendría que volver a su realidad. La experiencia no sería igual con jóvenes, estoy seguro, porque ellos ya están tomando conciencia de su realidad y eso les hace recelar más, tener prejuicios; aunque es indudable que también hay muchas cosas que les acercan. Siempre es bueno trabajar y potenciar lo que nos acerca, lo que nos une, lo que nos equipara.


Además de novelas infantiles y juveniles (¡y alguna adulta!), también has escrito cómics, cuentos, colaboraciones en prensa y prólogos de historias ajenas. Con estos me quiero quedar, porque escribiste uno para Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Creo que una vez dijiste que Tom era uno de tus personajes favoritos, ¿cómo fue introducir su historia?



Antes señalaba la importancia de las novelas de aventuras en mi formación como lector. Hay muchos escritores que coinciden conmigo y por lo general siempre se señalan algunos libros, sobre todo La isla del Tesoro, o Moby Dick. Yo siempre he preferido a Mark Twain. Tom Sawyer y Huck Finn eran mis personajes preferidos. De pequeño, prefería a Tom; de mayor, me quedo con Huck. Un día, una editorial me habló de que quería poner en marcha una colección de “clásicos de aventuras”; la idea era que escritores contemporáneos escribiésemos un prólogo para cada libro y a mí me ofrecían uno. Yo no lo elegí, simplemente pregunté: ¿Qué libro habéis pensado para mí? Solo pude esbozar una sonrisa cuando oí la respuesta: Las aventuras de Tom Sawyer. ¡Era mi libro! Y yo ni siquiera tuve que pedirlo. Fue un verdadero placer escribir ese pequeño prólogo; pero el verdadero placer es ver ahora el libro publicado y descubrir mi nombre allí, en letras pequeñas, junto al maestro Mark Twain y junto a mis héroes (o antihéroes), Tom y Huck. ¡Cuánto honor!


Los Beatles en Mari Pepa y el club de los pirados, Violeta Parra en Pupila de águila, The Doors en Las sietes muertes del Gato, Rosendo y algo de clásica en Sin máscara… La música te gusta, eso es un hecho impepinable, y por ahí también he leído que el cine es otra de tus pasiones (incluso llegaste a trabajar como guionista), y también el teatro (La casa de verano). La importancia de estas artes en tus libros es palpable, ¿pero cómo logran meterse y mezclarse entre tus libros?



La música, toda la música, y el cine están entre mis aficiones. El teatro lo considero como parte de mi trabajo y de mi vida. La música se me suele “colar” en los libros casi sin darme cuenta. Todas las referencias que has citado son ciertas; pero podríamos seguir: el mundo del jazz y Charlie Parker en Eskoria; Antonio Machín y los boleros en Anoche hablé con la luna; una nana preciosa que se cita en Con los ojos cerrados, etc. En algunos libros, incluso, la música llega a ser esencial, como en Sin máscara, donde el protagonista quiere ser violinista, o La casa de verano, que es la casa del músico Brahms, o Las siete muertes del Gato, donde el personaje central llega a identificarse con el mítico Jim Morrison. A propósito de este libro, propuse a la editorial en su día que se publicase con “banda sonora original”, como las películas. Quizá sea eso, que cuando escribo, inconscientemente, estoy poniendo una banda sonora original a mis libros. No puedo resistirme a la música y, como ves, a todo tipo de música.


Mi experiencia en el cine fue efímera y no muy gratificante. Trabajé para una productora cinematográfica, pero el problema, para mí, era que no me gustaban las películas que allí se hacían. Por lo general, mi trabajo consistió en adaptar alguna novela sobre la que la productora había comprado los derechos. También estuvo a punto de rodarse una película del Oeste, con guión mío original; pero cuando el rodaje estaba a punto de comenzar todo se fue al garete por culpa del alcoholismo del productor, que estuvo a punto de llevarlo a la tumba. Él sobrevivió al final, pero la película no. Insisto en lo que decía más arriba: el cine fue una experiencia más, pero no la mejor, ni la más importante.


También haces algo de metaliteratura al hablar de libros en tus propias obras, algo muy común también en las novelas de un señor que se llama Jorge Gómez Soto, creo que lo conoces. A veces has ido más allá incluso y has convertido en personaje a la bibliotecaria (Barro de Medellín, El monstruo y la bibliotecaria). ¿Qué tiene esta figura que puede cambiar el curso de una historia?


Metaliteratura. Sí, lo reconozco. Lo veo claramente en algunas novelas, como Palabra de Nadie, o Autobiografía de un cobarde, también en mi último libro, ¡¿Y para qué sirve un libro?! A cualquier creador le obsesiona su propio mundo y eso le lleva a hablar a menudo de él. Quizá no debería ser así. Pero ha ocurrido siempre, en la pintura, en la literatura, en todas las artes. Una obra artística, entre otras muchas cosas, es un intento de su autor por entender el mundo. Los escritores vivimos inmersos en libros, lo mismo que otras muchas personas que no son escritoras; pero la diferencia es que los escritores, además, escribimos esos libros. De ahí la obsesión, que solo es un intento de poner un poco de orden en tu cerebro. Las bibliotecas, las bibliotecarias, son en definitiva parte de lo mismo.


En tus novelas parece que siempre hay un hueco para los trenes, sobre todo en tu literatura más infantil, pero también en la juvenil: en Sin billete de vuelta esta forma de viajar es un pilar fundamental de la trama, aparece la estación de Sants de Barcelona y el narrador se llama Alfredo, como tú; en Pupila de águila Igor elige el tren para encontrar a Martina, que se esconde en ese pueblo donde huele a galletas; en la cubierta de La casa de verano (13ª edición) se ve a dos chicos y una chica pasear sobre unas vías de tren. Me pregunto qué importancia tienen para ti los trenes, qué relación te une con ellos. ¿Será cosa del cine?, ¿tal vez que vives a cuatrocientos metros de una estación de ferrocarril?



No hay nada personal, es decir, ningún vínculo familiar con los trenes. No tengo un abuelo ferroviario, ni nada por el estilo. Es una atracción personal, que no es original, pues muchos otros también la han sentido. Los trenes y el cine siempre han tenido una relación muy estrecha. Yo, por cierto, acabo de publicar un libro para niños que se llama Un tren de cine, donde uno estas dos cosas. Los trenes y la literatura también han funcionado muy bien juntos. Personalmente me gusta viajar en tren, y me gusta el sabor de las estaciones (sobre todo las antiguas, pues las modernas parecen centros comerciales); los encuentros emocionados, las despedidas, la gente que pulula alrededor de las estaciones, etc. No busco los trenes, ellos me encuentran a mí siempre.


En Autobiografía de un cobarde experimentas con una libertad de estilo que choca en este mundo de reglas inamovibles y una RAE algo severa. En el primer capítulo el protagonista lo dice bien claro: “¡Que les den por saco a las comas! No voy a poner ni una coma. Usaré solo puntos. Me gustan los puntos. Un punto es como una cagarruta de mosca. Las comas son como una cagarruta de mosca con diarrea. Y nada de punto y coma. ¿A qué descerebrado se le ocurrió inventar el punto y coma? (…) Sin darme cuenta he utilizado ya los signos de interrogación y admiración. Creo que me serán útiles.” Frases muy breves y directas que hacen lo que quieren con las normas de puntuación, “y aun así no se nota. En ningún momento rechina ni suena forzado”, dice Gómez Soto en su blog. Ya que esta escritura irreverente ha funcionado entre tus lectores, voy a preguntarte para qué, ¿qué sentimiento o reacción querías conseguir en ellos?


Los personajes te imponen sus reglas en muchas ocasiones, reglas con las que puedes estar de acuerdo o no. Una de las peores cosas que puede hacer un escritor es traicionar a sus personajes. Y a veces ocurre, se nota que al escritor le cae mejor un personaje que otro. No se puede traicionar ni a los personajes en apariencia detestables.


En el caso que nos ocupa fue el personaje el que tomó la decisión de escribir así la novela. Para él, en teoría, era más fácil; luego, a medida que avanza el relato se da cuenta de las dificultades. Es complicado escribir solo con puntos. Por supuesto, como dices, el relato se hace muy rápido, disparado a veces; pero tienes la sensación de estar moviéndote en la cuerda floja y, claro, el peligro es caer.


Pienso que la LIJ debería experimentar más con la forma. Casi nunca hablamos de la forma, del estilo literario. Siempre nos centramos en el tema, en los contenidos. Es un gran error. Lo que hace grande a una obra literaria es, sobre todo, su estilo. Para mí escribir este libro fue, como para el protagonista, un ejercicio de estilo que resultó muy efectivo. Al menos, los lectores me dicen que el libro les llega de una manera inmediata, directa, veloz, sin hacerles perder intensidad. Si es así, me doy por satisfecho.


En relación con esa experimentación, ¿cómo te gustaría rebelarte, qué cambiarías del mundillo de la LIJ, en estos momentos entre anquilosado y servil a las modas? En definitiva, qué crees que hace falta ahora, con tantísima producción literaria pero a veces de calidad cuestionable.


Has dicho la palabra clave: calidad literaria. Incluso, te diría otra cosa: intencionalidad literaria. Yo creo que cualquier obra debería nacer, al menos, con esa intencionalidad literaria, independientemente de que la consiga o no. Pero es que a veces no vemos ni ese intento.


Pido honestidad a los autores, que no se traicionen a sí mismos. Hay muchas modas, sí; pero como dijo no sé quién: “la moda es aquello que se pasa de moda”. La literatura tiene que conseguir su propio territorio, y tratar de escribir pensando en otras cosas es malo. Por ejemplo, no entiendo cómo un escritor se vuelve loco de alegría cuando le dicen que de uno de sus libros se va a hacer una película. Para un escritor lo importante siempre tiene que ser el libro. Escribir pensando en películas, series televisivas, videojuegos, tendencias creadas por el marketing, no lleva a ninguna parte. Hay que hacer literatura, sin más, honestamente, obedeciendo los dictados de tu corazón. Y si algo llega por añadidura, no importa; pero no hay que buscarlo con premeditación.


Para mí hay un territorio estupendo que debe explorar siempre la literatura, y al que no pueden llegar otros medios, por modernos que sean, el territorio de los sentimientos del ser humano.


El rostro de la sombra cuenta con una campaña de lanzamiento muy especial, y es que puede leerse el 60% del libro gratis online, en PDF o iPad, ¿quién propone esta forma tan peculiar y arriesgada de publicación?


Lo propuso la editorial. En este caso, Ediciones SM. Escribí este libro como he escrito los demás. Y cuando lo escribía no tenía ni la más remota idea de este lanzamiento. Ni siquiera sabía qué editorial iría a publicar el libro. Con esto dejo claro que no se trata de ningún encargo para hacer algo especial. Jamás he escrito un libro por encargo. Y no es que esté en contra de los encargos. ¡La cantidad de obras de arte que se han hecho por encargo!


Los editores están buscando nuevas fórmulas y, sobre todo, tratan de hacer frente a un futuro muy incierto que se avecina. Este lanzamiento ha sido una forma de experimentar. A mí lo que me importa es el libro en sí, la obra literaria que escribí.


Todo tiene que ver en el libro con la rapidez irreflexiva del mundo actual y el poder de las nuevas tecnologías; también con las consecuencias más duras de una noche de borrachera. Por eso me parece que, ante todo, en El rostro de la sombra sobresale una cuestión ética.


Poco más puedo añadir a tus palabras. Además, siempre me cuesta trabajo hablar de mis libros. Un lector, al poco de publicarse la novela, me escribió una carta muy bonita en la que, como colofón, me decía que para él se trataba de “una reflexión ética”. Coincide contigo, como ves. Estoy de acuerdo. Es una reflexión sobre este mundo, sobre la culpabilidad, sobre la responsabilidad de cada uno. Vivimos en una sociedad irresponsable en la que nadie se siente culpable de nada. La culpa siempre es de los demás.


Uno de tus libros que más gusta entre el público adolescente es Pupila de águila (1989, 260.000 ejemplares vendidos), y sin duda es mi favorito. La obra es fresca, amable, sencilla y atemporal, habla de sentimientos y valores universales, y lo principal son los personajes. ¿Es esta la clave de todos tus libros?


Supongo que de todos no. A mí siempre me dicen que soy un autor muy variado: temáticamente, formalmente, etc. Intento serlo. No me gusta repetir fórmulas, como te decía en una respuesta anterior.


Hay un detalle en tu pregunta que me interesa subrayar: los personajes. De mí algún crítico ha dicho que soy un autor de personajes. Y esta afirmación me gusta. Los personajes me parecen esenciales dentro de una novela. La trama se olvida muchas veces, pero los personajes quedan. Cuando me preguntan por lo que más me gusta del libro, yo respondo siempre lo mismo: Martina e Igor, que son los personajes centrales. Y es cierto que cuando me planteo un libro nuevo, en lo primero que pienso es en los personajes. Muchas veces he arrancado una historia simplemente con los personajes, sin un argumento claro. Que sean los propios personajes los que me lleven.


Cuentas que a los ciento treinta y siete años dejarás de escribir, y por eso me muero de curiosidad por saber qué tienes pensado hacer cuando llegue ese día. Aunque como hasta entonces todavía queda mucho tiempo, también te pediría que me chivases alguna pista de un futuro proyecto que esté bailando en estos momentos dentro de tu imaginación.


Sí, tomé esa decisión hace tiempo. No quería ser uno de esos escritores que se pasan toda la vida escribiendo. Yo quiero hacer otras cosas. Pero, ¿qué hacer a los ciento treinta y siete años? Quizá haga dos cosas, incomprensibles para mí en este momento, que veo que hacen los muy mayores: jugar a la petanca e ir de vacaciones a Benidorm. No suena muy seductor, ¿verdad? En fin, aún tengo tiempo para pensarlo.


¿Proyectos? Uno inmediato, en otoño, que se titula Mateo y el saco sin fondo. Y algunos más ya en el tintero. ¿Se puede seguir diciendo tintero en los tiempos que corren?


A principios de año tuve el placer de entrevistar a tu hijo y ahora abro esta temporada tiramillota contigo, otra gran suerte. Muchísimas gracias por tu tiempo, por tu pluma incansable y por esa pupila de águila que me encandiló y he leído más veces de las que puedo recordar. Y ahora, desde luego, si tienes quejas, reclamaciones o palabras amables, dispón del espacio que quieras, porque es todo tuyo.


Tú misma has hecho un precioso colofón. No quisiera estropearlo. Gracias por tu inteligente entrevista. Suelo poner en muchas de mis dedicatorias una frase: “los libros nos hacen amigos”. Y es verdad.