Las cajas de luz

Primero diré: sensacional. Y ahora atentos, tiramillotes, porque estamos ante una novela complicada que, todo hay que decirlo, no está dirigida especialmente al público juvenil. Y qué hago hablando de ella por estos lares, os preguntaréis. Sin embargo, cuando digo que no es para jóvenes debería añadir que tampoco es para adultos. ¿Niños, tal vez? Eso ya sí que no: para locos, queridos míos, os vengo a hablar de un libro para locos. Así que todo el que crea atisbar algo de trastorno mental en su mollera o se considere capaz de comprender a un autor chiflado, no importa la edad, adelante. Quiero decir, adelante, jóvenes y adultos locos, bienvenidos al cerebro de Shane Jones, un tipo que ha pasado de triunfar en Internet con quinientas míseras copias a firmar con Penguin, telefonearse con el director de cine Spike Jonze y ser llamado el creador del nuevo Principito. Desconozco si las comparaciones le molestan tanto como a mí, pero lo que es innegable es que la obrita ha cosechado un éxito brutal en medio mundo y se lo tiene bien merecido. Voy a resistirme a extender el breve argumento del comienzo, básicamente porque el libro tiene 134 páginas, de las cuales el 80% son espacios en blanco. Habéis leído bien. Lo que en la revista escolar se consideraba delito aquí juega un papel importante: el blanco habla, las palabras necesitan oxígeno, sobre todo cuando se debaten entre ocupar media página o media pulgada dependiendo de los estados emocional y físico que fluyan en el momento. Al juego tipográfico le añadimos un estilo hueco que se limita a escupir y frases amigas de la lógica más incoherente que van desgranando a trompicones (no esperéis un esqueleto fácil) la naturaleza cuentista de esta peculiar experiencia mágico-literaria. Tenemos fantasía de la rara, sin seres ni grandes poderes, o quizá uno, el de la imaginación, ese que nos hace dialogar con el mes de turno, agujerear el cielo en busca de un poco de sol y lanzar pértigas gigantes para apartar los nubarrones. Como toda gran historia que amenaza con proclamarse clásica, la interpretación de las inyecciones psicológicas debe quedar para el coleto de cada uno. Yo me reservo las mías, pero me atrevo a decir que Las cajas de luz, por encima de todo, es una novela que habla de amor, amor hacia la libertad, la facultad de crear y la fuerza del cambio. Vale, me he atrevido poco, simplemente ir más allá me parece innecesario, osado y violento para con su autor, que obviamente no tenía en sus planes arrasar en librerías. De hecho, afirma no haber pensado en la publicación, y yo le creo. Una historia que pretende y consigue, que arrastra sin concierto y podría sostenerse sin problemas prescindiendo de la pluma de Shane Jones, porque, aunque no tenemos más remedio que embarcarnos de la mano de sus fantásticas y extravagantes letras, lo cierto es que al término de la lectura no podemos evitar intentar suponer cómo sería derrotar a Febrero sin las estrategias literarias de su autor. Sin duda, igual de genial, aunque menos original.


Probablemente voy a decir una burrada, pero allá va: un libro altamente recomendable para los detractores del género fantástico, para los cuadriculados (qué mal me llevo con vosotros), para los que dejaron de creer y los que nunca creyeron, para los que sólo intuyen que pueden soñar, para los que se aburran y quieran leer algo bueno, para los perturbados (claro está), para quienes decidan pensar en otra cosa que no sean las elecciones y, cómo no, para los que adoren el mes de febrero sólo de cara a la galería. Para todos vosotros, disfrutadlo.


Por Óscar Luis Mencía